30 de mayo de 2010

Descripción de Jesús

Tomás Alfaro Drake

Redescubro, en un magnífico libro que leí hace años (Un siécle une vie) del filósofo católico francés Jean Guitton, una humanísima descripción de Jesús, que no me resisto a publicar hoy en el blog, junto con un comentario final mío.

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Quien quiera que sea, es a este Jesús al que deseo buscar y conocer tal como fue, en los pequeños detalles de su vida. Robert Aron me había descrito la infancia de Jesús, su aprendizaje, según la evocación de un hijo de Israel. M. Pouget me describía a Jesús basándose en su experiencia pueblerina, de hombre de campo. Jesús había contemplado la naturaleza; sabía de la voracidad de las aves rapaces, de la madriguera del chacal. Había observado los lirios, que en Palestina son rojos, como los labios de la mujer moderna. Había observado el trigo que crece, y las malas hierbas, mezcladas inextricablemente con él o la higuera que duda en florecer, como si fuese estéril. Conocía los cuidados que necesita la vid, la despreocupación de los pájaros. Cuando los astros, como le decía Eneas a Dido, aconsejaban el sueño, mucho antes de que lo hiciera Pedro, su apóstol, él ya había oído el canto del gallo que en Palestina, en el mes de marzo [...] canta hacia las tres de la mañana. Jesús sabía lo difícil que es poner la mano en el arado y sembrar con una cadencia incierta; los granos caen de una manera errática, las tierras de Nazaret están llenas de piedras. Jesús parecía amar esos hechos singulares que vemos en el periódico por la mañana y que son pequeñas historias abreviadas. Había captado el hecho singular del muro horadado, del administrador astuto que contrata jornaleros a última hora o que evita con sus trucos ser despedido. Parece conocer todos los puntos de luz de la casa. Yo, como persona a la que le gusta pintar, imagino que él ama, como Rembrandt o Georges de La Tour, esa luz vacilante que extiende sus sombras alrededor de una llama con forma de lágrima. Como a Horacio, le gustan los pueblos que se destacan sobre la altura. Ha observado a los niños que juegan en una plaza mientras a su alrededor se discute el precio de un buey o un administrador trata de contratar jornaleros. Jesús conoce la trama de las danzas y los llantos, sabe que las bodas siguen a los funerales. Lo que impacta es que él, siendo parte del misterio absoluto, se interesa por la humanidad tal como es, la que se ocupa de plantar, de construir, de vender, de nacer, de casarse, de morir sin saber del todo por qué se nace ni por qué se muere. Ese es el tejido del Evangelio y es también el tejido de la vida del hombre, en la que lo finito y el infinito se entrelazan.

¿Me atreveré a decir que Jesús nos hace conocer los problemas que tienen su origen en el sexo? Sabe que existen prostitutas y que forman un cierto estamento en la ciudad. Conoce la ambivalencia de la carne. Utiliza el mal como un trampolín hacia una mayor altura, hacia una mayor profundidad y un progreso en ese amor de Dios del que él procede. Nos ha hablado del rico malvado, del tramposo, del político, del snob, del sofista. Parece como si en Nazaret hubiesen existido todos los tipos humanos y Jesús hubiese tenido el tiempo para observar todo lo que es miseria, caída, enganche, remordimientos, todas las tristezas unidas a este pecado de la carne del que no tenía conocimiento por la experiencia, pero del que sabía la amargura por sus consecuencias.

¿En qué momento supo Jesús que en una prostituta había algo recuperable? María Magdalena será la favorecida desde su primera aparición.

Leyendo el Evangelio Jesús se me aparece como un ser abierto a todo. Haría falta un adjetivo más abierto que abierto para designar esta forma de ser de Jesús: la lengua francesa no tiene un adjetivo que indique la apertura suprema. [...] Con sagacidad, se definía él mismo como manso y humilde de corazón, es decir, abierto a todos de una manera perfecta, ya que la humildad no es muy diferente a la capacidad de abrirse. Si queremos representarnos al ser misterioso que llamamos Dios, podríamos decir que es manso y humilde, pero de una manera infinita.

Jean Guitton. “Un siècle, une vie”.

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Cada uno de nosotros, los hombres, pobres naturalezas caídas, llevamos sobre nuestros hombros un saco en el que vamos acumulando, a lo largo de nuestra existencia, nuestras frustraciones, miedos, miserias y mezquindades. Y este saco nos hace caminar agachados, con los ojos y el corazón más cerca de la tierra que del cielo. Jesús, que no tenía ningún saco, supo sin embargo agacharse hasta la altura de nuestros corazones para decirnos mirándonos a los ojos con amor: “Sé feliz, tira tu saco de frustraciones y miedos, no tienes por que llevarlo. Dámelo a mí. Aprende de mí que soy manso y humilde de corazón. Tus pecados te son perdonados”. Tirar nuestro saco de miedos y frustraciones no es, ni mucho menos, dejar de lado nuestras obligaciones. No es ese falso concepto de “liberarse” o “realizarse” a costa de poner nuestro saco en los hombros de otros. Al contrario, supone que, ligeros de equipaje, demos a nuestras obligaciones, a nuestra cruz, que no tiene nada que ver con nuestro saco, un sentido de misión, un sentido de vocación, de llamada para colaborar con Jesús. “Mi yugo es suave y mi carga ligera”.

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