17 de diciembre de 2017

Unas reflexiones sobre el oro en el mundo


Cada país decide si quiere y en que medida quiere, mantener sus reservas internacionales en oro. Y lo hacen según la expectativa de rentabilidad que esperan sacar de ellas. Y en este sentido, unos han vendido oro y otros lo han comprado. El oro, en sí mismo no rinde ningún interés, su almacenamiento tiene un alto coste y su precio ha sufrido grandes oscilaciones.

AÑO
1971
1977
1981
1983
1983-2005
2011-2013
2015
2017
PRECIO (Mill. $/Tm)
2
4
22
9
Ligero crecim.
60
35
40

 Es decir, con esos grandes altibajos su revalorización entre 1971 y 2017 ha sido de aproximadamente un 6,7% acumulativo anual, sin tener en cuanta los costes de almacenamiento y transporte. Porque países como Alemania, debido a la dificultad de su transporte, tienen sus reservas de oro fuera de sus fronteras. Alemania ha traído en los últimos años 465 Tm de EEUU y Francia y tiene todavía unas 1.600 Tm, la mitad de sus reservas en EEUU y Reino Unido. Las reservas de oro de los bancos centrales y gobiernos, son de aproximadamente 30.000 Tm, y el stock total en el mundo se estima en 171.000 Tm. Cada año se producen unas 2.500 Tm de oro en el mundo, y su producción va en aumento. De esta producción sólo el 10%, es decir unas 250 Tm, es para usos utilitarios (industria electrónica y aereoespacial, odontología). El resto lo absorbe la inversión (40%), aunque la cantidad en inversión sufre grandes variaciones, y, sobre todo, la joyería (50%). En el siglo XXI, muchos países, sobre todo de la UE y Suiza, han vendido una buena parte de sus reservas de oro. Y son Rusia y China, además de algunos otros países menos importantes los que las han aumentado. Conviene poner los datos anteriores en relación con el porcentaje de sus reservas internacionales que cada país tiene en oro. EEUU tenía en 2012 un porcentaje mayor del 70% y la UE de alrededor del 60%, mientras que China y Rusia tenían en 2012 un 1,6% y un 7,8% respectivamente. Tener un razonable porcentaje de las reservas en oro puede ser sensato. Es razonable que China y Rusia compren oro. ¿Pero mantener un 60-80% de las reservas en oro? No pudo evitar hacerme una pregunta: ¿Tendrá algo que ver el hecho de que la UE y los EEUU tengan tan alto porcentaje de sus reservas en oro con su política monetaria de bajos tipos de interés? Porque, indudablemente, si los tipos de interés suben, el precio del oro bajará.


Acababa ese párrafo diciendo: “En todo caso, me parece que el oro es un activo absolutamente prescindible para los países que lo poseen. Lo que me hace pensar que algún día lo sacarán al mercado. ¿Cuándo? Ni idea. Las estructuras mentales tienen atavismos difíciles de cambiar y en la mente humana el valor del oro es una de las cosas más atávicas que hay”. Todo esto, tal vez merezca un análisis profundo.

15 de diciembre de 2017

Reflexiones en voz alta sobre otras divisas virtuales distintas del bitcoin

En mi escrito anterior sobre el bitcoin quedó clara mi aversión hacia esta moneda virtual. Pero esta aversión no es en modo alguno generalizable a todas las monedas virtuales ni, mucho menos, a la tecnología que las soporta, que es el block chain. Muy al contrario, creo que en el futuro es muy posible que haya monedas virtuales que, unidas a la Inteligencia Artificial (IA), puedan jugar un papel tan importante como beneficioso en la economía mundial. Para explicar por qué, debo dar unas pinceladas, necesariamente ligeras, sobre el patrón oro y el papel de los Bancos Centrales y el sistema bancario en el control de las monedas de cada región económica.

La riqueza mundial ha sido, durante toda la historia de la humanidad, muy baja y con muy poco crecimiento. Hasta el siglo XX el porcentaje de personas que vivían en la pobreza extrema era altísimo. Sólo algunos privilegiados sacaban la cabeza del océano de la miseria. Y para representar esa riqueza, era posible tomar como valor de cambio el oro. El oro es un metal como otro cualquiera. Tiene la peculiaridad de que es amarillo, de que escaso y de que su cantidad crece muy lentamente. Esto le ha dado desde tiempos inmemoriales una atracción atávica. Pero, a pesar de todo, es pesado y, aunque tiene un alto peso específico, es también voluminoso. Cuando la gente tenía poca riqueza, el que la tenía podía tener el oro en su poder y con pocos gramos, le bastaba para sus necesidades cotidianas. Pero a medida que fue aumentando la riqueza, más gente necesitaba más oro. Más peso, más incomodidad, más inseguridad. Por tanto. el oro empezó a dejar de circular y se almacenaba a buen recaudo. En su lugar, empezó a circular el papel moneda –antecesores de los billetes– que era una representación virtual del oro que cada persona poseía y que estaba almacenado en las arcas de los banqueros. Cada billete daba derecho a disponer, siempre que se quisiese, de su equivalente en oro. Pero cada vez menos personas querían disponer de su oro. Dado que el papel moneda era aceptado por todo el mundo como medio de pago, a la gente le bastaba con tener los billetes para comprar y vender lo que necesitase. El papel moneda podía ser emitido por cualquier banquero que tuviese oro, siempre que el papel que emitiese estuviese respaldado por su equivalente en ese metal. Como la gente no solía pedir el oro, algunos banqueros cedían a la tentación de emitir más papel moneda que el que podían respaldar con el oro que tenían. Y esto de crear dinero sin respaldo, aunque fraudulento, era un pingüe negocio para el que lo hacía. Había que poner coto a esto y en un momento dado se crearon los Bancos Centrales estatales, que obtuvieron de sus respectivos gobiernos el monopolio de guardar el oro y de emitir papel moneda, únicamente si tenían el respaldo necesario de oro. Esto es lo que se conocía como el sistema del patrón oro.

Pero, a medida que crecía la riqueza, el oro –y por lo tanto el dinero– era un recurso cada vez más escaso y empezó a no ser suficiente para abastecer todas las necesidades de compra venta de un mundo en el que había una riqueza total que empezaba a crecer exponencialmente. La Primera Guerra Mundial fue el principio del fin del patrón oro. Los Bancos Centrales de los gobiernos de las potencias beligerantes cayeron en la tentación de crear mucho dinero sin respaldo en oro, para financiar la guerra. Tras muchos avatares, en 1944, en la conferencia de Bretton Woods, se decidió que el único país que mantendría el patrón oro sería los EEUU. El dólar, anclado en el oro, sería la divisa de reserva, en vez del oro, para el resto de los países. Éstos se comprometían a intervenir en el mercado de sus respectivas divisas para mantener, con un estrecho margen, un valor fijo respecto al dólar. Pero, por un lado, esto no era sostenible para los países que perdían competitividad, pues mantener el mismo tipo de cambio con el dólar les condenaba a quedar excluidos de facto del comercio internacional. Y, claro, los gobiernos de estos países devaluaban su moneda a medida que perdían competitividad, para poder seguir comerciando con el resto del mundo. Así que esta estabilidad del tipo de cambio de cada moneda con el dólar quedó rota. Por otro lado, el dólar tampoco podía seguir anclado al oro, ya que la riqueza de los EEUU crecía de manera exponencial. Por tanto, en 1971 también el dólar abandonó su respaldo en oro. A partir de ese momento, la moneda de cada país estaba sustentada por la confianza que la gente tuviese en ella y esta confianza, a su vez, se apoyaba en la riqueza que era capaz de generar cada país en bienes y servicios. Pero este soporte de la confianza en la capacidad de creación de bienes y servicios de un país no tiene por qué ser menos sólido que el soporte que pueda aportar el metal amarillo llamado oro. Es más, ese metal amarillo, almacenado en las bóvedas de Fort Knox y en otros sitios del mundo, despojado de su función monetaria se ha convertido en una mercancía más y no se me alcanza cuál pueda ser la razón de que un estado mantenga un activo así. De hecho, si mañana los países que almacenan oro decidiesen sacarlo al mercado, su precio se derrumbaría como un castillo de naipes. Tal vez por eso no lo hagan. El primero que lo hiciese de forma significativa, desencadenaría un proceso en el que el precio del oro empezaría a bajar ante el temor de que todas las reservas se pongan en el mercado. ¿Cuál sería en ese caso el precio del oro? Si ese metal no sirviese para nada, su precio sería cero. Pero el oro, aparte de su valor atávico, tiene utilidad en determinadas industrias y esta utilidad real crea una pequeña demanda real del mismo. Por lo tanto, debido a esa demanda, su precio no llegaría a ser cero. Pero imagino que sería inmensamente más bajo que el actual. Se oye decir que el bitcoin tiene un valor en sí mismo, como lo tiene el oro, al estar su oferta limitada. Pero no me parece adecuada esa comparación, ya que la utilidad del bitcoin, salvo en el hipotético e improbable caso de que se llegue a convertir en una moneda con la que pueda funcionar una economía, es exactamente igual a 0. En todo caso, me parece que el oro es un activo absolutamente prescindible para los países que lo poseen. Lo que me hace pensar que algún día lo sacarán al mercado. ¿Cuándo? Ni idea. Las estructuras mentales tienen atavismos difíciles de cambiar y en la mente humana el valor del oro es una de las cosas más atávicas que hay.

La enseñanza que se saca de esto es doble. Primera, que toda moneda tiene detrás la confianza generada por la economía que la sustenta. Segunda, que debe haber alguna relación “inteligente”[1] entre esa riqueza y la cantidad de dinero. Y la clave está en la palabra “inteligente”. En principio podría pensarse que esa relación “inteligente” podría ser la de tener una cantidad de dinero que fuese siempre proporcional a la riqueza en que se sustenta. Y si se toma el PIB como la capacidad de generar riqueza de una economía, estaríamos hablando de que la masa monetaria fuese siempre proporcional al PIB. Pero esta es una relación excesivamente simple y en la que no hay mucha “inteligencia” –aunque más de la que hay en mantener la cantidad de dinero constante–. Demasiado simple.

Pero, nos estamos desviando del tema de estas líneas que es el de otras monedas virtuales. Vuelvo por tanto al punto, pero creo que esta digresión nos va a ser de utilidad para el tema que nos ocupa. No obstante, más adelante, retomaré el hilo de la creación de dinero por los bancos centrales y su “inteligencia”.

Ya se han lanzado, con mayor o menor éxito otras monedas virtuales que se basan en mayor o menor medida en algún tipo de riqueza real. Y ocurre que el éxito de las monedas virtuales lanzadas es tanto mayor cuanto más relacionadas están con una base de riqueza real. Estas monedas se lanzan con lo que ha dado en llamarse una ICO, por las siglas de Initial Coin Offer, que parafrasean a las IPO, Initial Public Offer de las empresas que sacan sus acciones a cotizar en bolsa por primera vez. El valor de las acciones de estas empresas están en relación con la capacidad de crear riqueza de las mismas. Y lo mismo pasa con las nuevas coins. En esencia, una ICO consiste en lo siguiente. Una entidad –puede ser una empresa existente, una nueva, una persona física, etc.– que presta un servicio o genera un producto de valor, emite, a cambio de monedas corrientes –euros o dólares– con las que monta el servicio que ofrece, unas cosas que se llaman tokens. Estos tokens son derechos que permiten a su poseedor utilizar en el futuro los servicios/productos que ofrece la entidad emisora. Normalmente, para conseguir que alguien pague por un token de, digamos, una comida en un restaurante, la emisora deberá emitirlos con un descuento sobre su precio normal de la comida. El que recibe los tokens a cambio de su dinero –insisto, euros o dólares u otra moneda corriente–, puede usarlos cuando lo estime oportuno para comprar los servicios de la emisora o, si no necesita comprar lo que le entidad emisora vende, puede vender los tokens que compró a alguien que sí esté interesado en los servicios/productos de la emisora. Los tokens, tras su emisión se compran y se venden utilizando una moneda virtual. La más utilizada es una llamada Ethereum que es el soporte de diferentes tokens procedentes de diferentes ICO’s. Si más adelante, la entidad emisora ve que su producto/servicio tiene éxito y vende muchos más productos/servicios, hace nuevas emisiones de tokens, tal y como una empresa hace ampliaciones de capital cuando necesita invertir para incrementar su producción. Como se puede ver, los tokens y, por tanto, la divisa virtual que los sustentan, tienen una relación directa con una cantidad de productos/servicios valiosos vendidos/prestados por la entidad. Es decir, están soportados por algo valioso. La primera ICO tuvo lugar hace cuatro años. 2017 ha sido el año de su explosión. Hasta octubre se han llevado a cabo unos cientos de ICO’s en el mundo, por valor de 5.500 millones de $ y una media de unos 11 millones de €. La mayor de ellas, Filecoin ha emitido por valor de algo más de 250 millones de $. Sirve para alquilar el uso de memoria en la nube o en un ordenador particular. Pero sólo 5 han recaudado más de 100 millones de $ y sólo el 54% han cerrado con éxito la oferta. En cada uno de los tres trimestres de 2017 el porcentaje de éxito ha ido en declive. Las modas nunca han sido buenas consejeras. Pero nada impide que buenas ideas generadoras de riqueza sirvan cada vez más de base para nuevas ICO’s o sucesivas ampliaciones de las existentes y, con ello la aparición de nuevas monedas virtuales que compitan con Ethereum para soportar los token de esas ICO’s. No es ni mucho menos ciencia ficción, sino altamente probable, que empresas existentes, grandes o pequeñas, lancen ICO’s en un futuro próximo. Es muy probable que en unos años veamos a Repsol emitiendo tokens de gasolina o a McKinsey sacando tokens de horas de consulta o a Pascual ofreciendo tokens de leche o yogur, o a Telefónica tokemizando el servicio telefónico, o a la tienda de la esquina ofreciendo sus productos. Y no sólo las empresas, también una persona física podría hacer una ICO para sus horas de trabajo. Un profesor particular podría tokemizar sus servicios. Podrán darse asociaciones de entidades para la emisión de tokens de productos complementarios o que el descuento en los tokens que emita una empresa los pague en parte otra. Por ejemplo, una gasolinera y un restaurante que estén próximos pueden emitir tokens con la posibilidad de comprar gasolina y una comida. O puede que el descuento en el token del el restaurante lo pague la gasolinera porque sabe que eso le atraerá clientes, o viceversa. También se pueden hacer contratos inteligentes. Por ejemplo, comprar tokens de una línea aérea con un compromiso de descuento en función del retraso que pueda tener el vuelo. La ventaja es que dado que, como veremos en otro escrito, en el que hable de block chain, el contrato es público y el reembolso se hace inmediatamente en la moneda virtual, todo se agiliza enormemente. Como se ve, las posibilidades son inmensas y pueden ser enormemente positivas.

Pero, aclarado que es esto de los ICO’s y de las otras monedas virtuales y su indudable utilidad para el futuro, volvamos a pensar sobre los Bancos Centrales y su “inteligencia” en la creación de dinero. En la actualidad, los Bancos Centrales tienen, en su respectiva moneda, el monopolio de la creación de dinero. Y esta creación tiene una peculiaridad que se traduce en una tentación: Crear dinero de la nada tiene un coste cero. Ya se ha visto que la cantidad de dinero no puede mantenerse fija mientras la economía crece. También se ha visto que tiene que crecer con una relación “inteligente” con la cantidad de riqueza. Pero los Bancos Centrales no crean el dinero directamente. Utilizan como intermediario al sistema bancario. Este intermediario puede, mediante un mecanismo que no veremos aquí, multiplicar por un factor variable la cantidad de dinero emitido por los Bancos Centrales[2]. Debido a este efecto multiplicador los Bancos Centrales pueden influir en la masa monetaria con intervenciones relativamente pequeñas. He dicho antes que el dinero se crea a coste 0 y es cierto. Pero para crearlo los Bancos Centrales tienen que invertir. Invertir no es gastar, por lo que el coste es realmente cero. Pero sí supone un esfuerzo de inmovilización de una cierta cantidad de dinero. Por eso a los Bancos Centrales les interesa que exista ese efecto multiplicador.  Ellos crean sólo lo que se llama la base monetaria. Pero el sistema bancario multiplica esa base monetaria por, digamos, 40. De esta forma, con una base monetaria –y un esfuerzo inversor– de sólo 100 unidades monetarias, la cantidad de dinero sería de 4.000 unidades. Si quieren crear 120 unidades más de masa monetaria, a los Bancos centrales les basta con inyectar sólo 3 unidades de base monetaria. Si debido a la actividad del sistema bancario el multiplicador crece, la masa monetaria aumenta. Supongamos que tenemos esas 103 unidades de base monetaria y el multiplicador aumenta a 42. La masa monetaria aumentaría a 4326 unidades, cuando el objetivo es que hubiese los 4.120 anteriores. Al Banco Central le bastaría con retirar 4,9 unidades de la base monetaria para restablecer el equilibrio en los 4120 de masa monetaria. Y dado que los Bancos Centrales tienen información de la masa monetaria en cada momento, tienen el control absoluto de la cantidad total de dinero en la economía. Por lo tanto, si éstos quisieran y supieran, mantendrían, con poco esfuerzo, una proporción inteligente entre masa monetaria y riqueza medida en PIB. Una masa monetaria que mantuviese una proporción constante con el PIB sería bastante aceptable, pero a menudo puede ser bueno para la economía flexibilizar en cierta medida esta relación. O puede que el PIB no sea el mejor indicador de la riqueza. Y en eso estriba la “inteligencia”. Evidentemente, el patrón oro no mantenía una relación “inteligente” porque no podía crecer, mientras la riqueza sí lo hacía, y exponencialmente. Fue esto lo que desencadenó el que se empoderase a los Bancos Centrales para regular la cantidad de dinero. Ahora bien, por una mezcla de incompetencia e intereses políticos, los bancos centrales no saben y/o no quieren mantener esa relación en términos “inteligentes”. Y, así, sus actuaciones crean ciclos económicos que a menudo llevan a la aparición de burbujas que acaban en graves crisis. Y cuando se entra en una crisis el multiplicador de la masa monetaria disminuye rápida y drásticamente, lo que hace totalmente necesaria la inyección de grandes cantidades de dinero por parte de los Bancos Centrales. Y con esto, se llegan a ganar un aura de salvadores de la economía. Y así aureoleados, se les otorga el derecho a hacer lo que quieran con la creación de dinero. Y, sin embargo, con su necesaria intervención no hacen sino curar una herida que ellos mismos han causado previamente. Y así se cierra el círculo vicioso. Con su aureola, una vez fuera de la crisis, pero arrastrando graves desequilibrios, nuevos motivos políticos llevan a políticas monetarias difícilmente justificables que crean nuevas burbujas, que originan nuevas crisis, que obligan de nuevo a los Bancos Centrales a intervenir expansivamente, para repetir otra vez el ciclo. Cuando en Junio del 2012, Mario Draghi, Presidente del Banco Central Europeo, dijo en una rueda de prensa que haría “todo lo que haya que hacer y, créanme, será suficiente” para salvar el Euro, efectivamente, lo salvó y es venerado por ello. Lo que no se dice tanto es que la mayor responsabilidad de la burbuja inmobiliaria que nos llevó a la crisis, recae sobre el BCE. Y aunque él no estuviese en su presidencia en ese momento la institución es más que las personas. Pero ahora, bajo la égida de Draghi, se está creando una cantidad de dinero realmente desorbitante que es muy posible que vuelva a crear otra burbuja de algún tipo de activo, que traerá otra crisis que… La anómala situación de interesas negativos es algo antinatural que no presagia nada bueno ¡Qué horror! ¡Que alguien pare la máquina! Por eso, mucha gente aplaude al bitcoin porque la creación de esta moneda virtual sigue una pauta predeterminada que la lleva a acercarse asintóticamente a los 21 millones de bitcoins, sin posibilidad de crear más. Pero el hecho de que los Bancos Centrales no mantengan una relación “inteligente” entre dinero y riqueza, no quiere decir que la norma de creación de bitcoins lo sea, como algunas personas afirman. De hecho, es de un simplismo inaceptable. Por tanto, si un día el bitcoin llegase a ser la base del sistema monetario, las consecuencias serían terribles. Pero ésta es su única posibilidad de que sea sostenible. Por lo tanto, si no sirve como medio de pago ni como representación de la riqueza y si, además, no tiene ninguna utilidad, como puede tener el oro aunque deje de mantenerse en las bóvedas de Fort Knox, su futuro es más bien negro. Pero este no es el caso de otras monedas virtuales, como se ha visto al hablar de las ICO’s y el Ethereum. Éstas se creaban para sustentar tokens que representaban riqueza real. Pero tampoco esta relación se puede considerar inteligente. Es también demasiado simple.

Y aquí es donde entra la inteligencia artificial (IA) y el Big Data. Los sistemas de IA pueden llegar a aprender autónomamente del inmenso caudal de datos que se generan cada instante en la economía. Ningún ser ni institución humanos pueden abarcar, analizar y sacar conclusiones, de esa avalancha inimaginable de datos. Pero es muy posible que la IA sí pueda y se lleguen a crear reglas realmente “inteligentes” y libres de intereses políticos que regulen “inteligentemente” la relación entre riqueza  –empezando por buscar el mejor parámetro para definir la riqueza– y masa monetaria. Mientras este momento llega, no sería una mala solución establecer una relación constante entre masa monetaria y PIB con una limitada capacidad de actuación excepcional y justificada de los Bancos Centrales.

Antes de poner punto final al objetivo de estas páginas querría plantear una pregunta. Y tras responderla, ver las monedas virtuales aceptables desde otra óptica. La pregunta: ¿Sería deseable, si se encontrase esta relación verdaderamente “inteligente” entre masa monetaria y riqueza, que hubiese una única moneda mundial? La respuesta es un rotundo no. Ya he dicho, al hablar de la época en la que se pretendió que todas las divisas mantuviesen un tipo de cambio constante con el dólar, que esto condenaba a los países que no eran competitivos a quedarse fuera del comercio internacional y, por tanto, a la pobreza. Tiene algo de bondad que cada país o zona económica pueda modificar la paridad de su moneda para ser capaz de mantenerse en el comercio mundial. Digo que tiene algo de bondad, pero como casi todo en esta vida, esto también tiene su cara y su cruz. Porque la posibilidad de devaluar su moneda por parte de un país que no es competitivo es una droga muy peligrosa. ¿Para qué se va a esforzar en ser competitivo si le basta con devaluar su moneda cuando ve que no puede mantenerse en el comercio mundial? Y esa droga, que da un respiro momentáneo, es mortal de necesidad en el largo plazo. Una cierta rigidez en el mantenimiento del tipo de cambio supone la obligación del país que no es competitivo de esforzarse por recuperar su competitividad. Y este es siempre un esfuerzo doloroso. Si vuelvo la vista atrás y comparo el valor que la peseta mantenía con las otras divisas importantes en mis tiempos jóvenes con la que tenía cuando llegó el Euro, nuestra moneda se había depreciado de una manera escandalosa frente a cualquier divisa del mundo desarrollado que se considere. Al entrar en el Euro, nos hemos visto obligados a hacer un tremendo esfuerzo para no perder competitividad o, incluso, para recuperarla, porque el recurso a la devaluación ya no existía. Y creo que eso ha sido bueno, aunque doloroso, para España. Así pues, no es ni remotamente deseable una única moneda mundial. Entonces, ¿podría ser que una amplia diversidad de monedas virtuales acabase por sustituir a la variedad de divisas de cada país o zona económica? Tampoco lo veo posible. Porque las monedas nacionales y las virtuales cortan la tarta en distintas direcciones. Las monedas virtuales son, por su naturaleza, globales. Pero si se desarrollan como se ha visto, por tipos de riqueza, separan sectores económicos. En cambio las monedas nacionales cortan la tarta con criterios geográficos, englobando toda la economía de cada país o región. Es decir, ambos tipos de monedas forman una estructura matricial. ¿Tendrá esto algún efecto positivo en la economía? Me siento absolutamente incapaz de decir una sola palabra al respecto. De forma que, sobre lo que no se puede hablar, hay que callar. Paro como soy incapaz de callarme, ni siquiera debajo del agua, anticipo mi creencia que sí puede salir algo bueno de esta interrelación.

Con esto doy por terminada esta reflexión sobre otras monedas virtuales distintas del bitcoin. En un próximo escrito hablaré de la tecnología que soporta a todas las monedas virtuales y a otras muchas cosas que van a revolucionar, creo que para bien, la forma que tome la economía mundial en el futuro.



[1] Pongo entre comillas la palabra “inteligente” porque no se refiere a la inteligencia que puedan tener los que decidan esta relación, sino que la relación entre cantidad de dinero y riqueza debe tener unas reglas que permitan anticipar eficientemente y sin crear burbujas desviaciones en la buena marcha de la economía.
[2] Este mecanismo se conoce con el nombre de reserva fraccionaria. Hay quien dice que esto de la reserva fraccionaria es una inmoralidad y que supone una licencia para robar de los bancos privados. Ciertamente la banca apenas podría ganar dinero sin la reserva fraccionaria. Tiene que obtener depósitos, con un coste de obtención, y prestar parte de esos depósitos a un precio mayor. Pero esto no es ni mucho menos una licencia para robar. Toda empresa, del tipo que sea, compra con un coste unas materias primas, las transforma, también con un coste, y las vende a un precio mayor que el coste. Si los precios de compra de las materias primas y de ventas de los productos están determinados por el mercado de libre competencia, no hay nada que objetar. Eso es lo que hace la banca. Para ella, los depósitos sin la materia prima con la que trabaja y tienen un coste, al tiempo que el interés al que puede prestar está también sometido a la competencia.

14 de diciembre de 2017

Frases 14-XII-2017

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

Mi nostalgia por la verdad era mi única oración.

Edith Stein, Santa Teresa Benedicta de la Cruz de la época en que no tenía ninguna fe.


11 de diciembre de 2017

Frases 12-XII-2017

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

Es preciso darse plenamente para que la verdad se dé. La verdad no sirve más que a sus esclavos.
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Eres un consagrado: debes querer lo que quiere la verdad; consiente en movilizarte por ella, en establecerte en sus propios dominios, en organizarte y, como inexperto que eres, en apoyarte en la experiencia de los demás.

D. Sertillanges. La vida intelectual.

3 de diciembre de 2017

Reflexiones en voz alta sobre el bitcoin y conceptos relacionados

En las últimas semanas, el bitcoin se ha convertido en una estrella mediática. Todo el mundo habla de él, sin tener ni idea de lo que es, y se pregunta si debería invertir en bitcoins para forrarse. Vaya por delante que yo, personalmente, antes me dejaría arrancar un brazo de cuajo que meter en bitcoins algo que supere el 1% de mi patrimonio líquido. Y, tal vez, ni eso. Pero no pretendo en estas páginas hacer una recomendación sobre la inversión en bitcoins, sino aclarar un poco qué es eso del bitcoin y, de paso, algunos conceptos relacionados con él. Y digo aclarar un poco, porque hay muchas, muchísimas y muy profundas lagunas en lo que conozco de él. Casi me podría catalogar en la categoría de ignorante. Pero con lo poco que sé y otro poco de sentido común y de conocimientos de economía y finanzas, creo que puedo decir algo medianamente interesante. Pero basta de excusatio non petita; ahí voy.

El bitcoin es una moneda artificial. A las monedas artificiales como el bitcoin se ha dado en llamarlas criptomonedas aunque, como veremos más adelante, no tienen por qué responder al apelativo de cripto, en su sentido de secreto. Creo que sería más adecuado llamarlas monedas virtuales. Pero vayamos poco a poco.

En 2009, alguien –o alguienes– desconocido, de quien sólo se sabe el alias de Satoshi Nakamoto, diseño un programa de ordenador que creaba una unidad de una moneda virtual llamada bitcoin a cambio de aproximadamente 1 centavo de $. El algoritmo de ese programa fijaba que el número de bitcoins nuevos que se podía crear debía dividirse por dos cada cuatro años. Eligió como unidad de tiempo un periodo de 10 minutos, de forma que, para que la cantidad de bitcoins creados se dividiese por dos cada cuatro años, cada 10 minutos no podían emitirse más que un 99,99967…% de lo emitido los diez minutos anteriores. Con esta tasa de reducción cada 4 años, o su equivalente cada 10 minutos, se ponía un límite máximo a la cantidad total de bitcois que podría llegar a haber. Esta cantidad está en 21 millones de bitcoins y se alcanzará en el año 2140. Es decir, si el bitcoin hubiese mantenido su valor inicial, el total de los bitcoins alcanzaría en 2140 un valor menor de 210.000 $. Sin embargo, a día de hoy, en que se llevan emitidos 17 millones de bitcoins y que cada bitcoin alcanza un valor de unos 10.000$, el volumen de esta moneda virtual alcanza los 170.000 millones de $. Es decir, el que compró un bitcoin en 2009 por un centavo, tiene ahora 10.000$, obteniendo por tanto una rentabilidad de casi el 600% anual acumulativo.

Ante esto, se me ocurren tres preguntas. La primera: ¿Pensaban los creadores del bitcoin que algo así se podría producir? Apostaría cualquier cosa a que no. Creo que en el principio todo el asunto se veía como un juego gracioso de frikis informáticos. Si alguien se pregunta si los fundadores del bitcoin han ganado algo con ello, la respuesta es NO. A menos que hayan invertido ellos también, como cualquier otro, en sus bitcoins. Pero lo cierto es que nadie, ni siquiera ellos, tienen ningún control sobre el precio de la moneda virtual que han creado. De garantizar eso se encarga la tecnología block chain de la que hablaré en un próximo artículo. La segunda pregunta es más difícil de contestar: ¿Cómo ha podido llegar a multiplicarse por 1 millón de veces el valor del bitcoin? Y, la tercera es la más importante: ¿Qué pasará en el futuro con esta moneda virtual? A contestar estas dos últimas preguntas dedicaré las siguientes páginas. Pero para contestarlas hay que profundizar un poco en qué es lo que hace que una determinada moneda real tenga el valor que tiene.

El valor de una moneda respecto a otras se forma, como cualquier precio, por la ley de la oferta y la demanda. Si mañana todo el mundo que tiene euros quisiera comprar dólares, habría una enorme demanda de dólares y una enorme oferta de Euros. Como consecuencia, el dólar subiría y el euro bajaría. Pero esta respuesta no sirve para nada. Porque la cuestión radica en saber por qué demonios mañana puede haber más gente que quiera comprar dólares de la que quiera comprar euros. Y, para contestar a esta cuestión hay que considerar varias cuestiones macroeconómicas.

La primera requiere asomarnos a la economía real. Yo me gasto el dinero en euros, porque es la divisa en la que el Corte Inglés, Benetton o, incluso Tommy Hilfiger, que es americana, me venden un jersey en España. Por lo tanto, la empresa en la que trabajo tiene que pagarme el sueldo en euros y cobra sus ventas en euros o, si le pagan en dólares, tiene que vender esos dólares por euros para poder pagarme el sueldo. Pero si mi empresa tiene que comprar algo a una empresa de EEUU importándolo de allí, tendrá que pagar a esa empresa americana en dólares (o, si le paga en euros, la empresa americana tendrá que vender esos euros por dólares), para lo que tendrá que vender euros para comprar los dólares para pagar lo que compra a esa empresa de los EEUU. Así pues, los euros son necesarios para comprar y vender cosas producidas en Europa y los dólares para hacer lo propio con cosas producidas en EEUU. Así pues, si el PIB de Europa crece, parece razonable pensar que será necesario que haya más euros y lo mismo pasa con los dólares si el PIB americano crece. Y si el PIB americano crece más que el europeo, harán falta más dólares para comprar los bienes que se producen allí, y el precio de dólar subirá. Por supuesto, si mañana el Corte Inglés admitiese como cosa corriente que la gente le pagase en dólares e hiciesen lo mismo todas las empresas de Europa, al día siguiente yo no tendría ningún inconveniente en que me pagasen el sueldo en dólares y el euro iría desapareciendo como divisa. Esto ha pasado en Europa con la aparición del Euro y la desaparición de todas las divisas locales de cada país. Eso fue un acuerdo político global, pero no hay nada práctico que impida que ocurra en un país por consenso libre de los ciudadanos, a través de un proceso gradual en el que una moneda vaya poco a poco sustituyendo a la otra en un más o menos largo periodo de coexistencia. Es, sin embargo, un fenómeno altísimamente improbable.

La segunda cuestión que influye en la oferta y demanda de una divisa hay que buscarlo en la economía financiera. Si hay mucha gente que quiera tener sus ahorros en dólares, con independencia de en donde viva o de donde sea o en que divisa compra sus jerseys, habrá demanda de dólares como moneda de ahorro y el dólar subirá. Y, ¿por qué alguien va a querer ahorrar en dólares? Muy sencillo, porque reciba una mayor rentabilidad por su dinero si lo tiene en dólares que si lo tiene en euros. Es decir, por los tipos de interés o por las oportunidades de inversión muy rentable en los negocios americanos. Esta demanda de dólares hará subir al dólar. Pero la economía, si se deja a los mercados funcionar libremente, tiene mecanismos automáticos de reequilibrio. Si el dólar sube respecto al euro, las cosas producidas en EEUU serán más caras para el comprador europeo, por lo que éste optará por comprar cosas más baratas fabricadas en Europa. Y lo mismo pasará con el ciudadano americano: preferirá productos europeos. Así, la demanda de euros aumentará y el euro subirá, reequilibrándose la situación. Europa empezará a ir mejor con ese consumo adicional y las oportunidades de inversión en este continente mejorarán, atrayendo también más euros de los ahorradores y, otra vez, haciendo que el euro suba. Si este mecanismo funcionase, el ahorro que en un momento dado iba en la dirección del euro hacia el dólar, revertirá su flujo y este componente del tipo de cambio entre ambas divisas se revertirá. Así que esta dirección del ahorro es siempre de ida y vuelta, por lo que no podrá tener una influencia indefinida en el tiempo en el tipo de cambio[1].

La tercera cuestión que influye en la oferta y demanda de una divisa es la intervención arbitraria por motivos políticos de los Bancos Centrales Emisores de cada divisa, Banco Central Europeo para el euro o Reserva Federal –la FED– para EEUU. Ocurre continuamente que estos Bancos Centrales, que tienen el monopolio de la creación de dinero, crean dinero a espuertas con la intención de, supuestamente, reactivar la economía o de mantener la divisa artificialmente alta o baja por motivos, como ya he dicho, políticos. Con esto, falsean las señales del precio del dinero para los mercados, dando lugar a serios desequilibrios y la aparición de burbujas que causan los indeseables ciclos de la economía. Pero no es éste el lugar de seguir hablando de esta aberración.

Estas son las tres cuestiones que influyen en la oferta y demanda de una divisa y que, por tanto, forman su precio. Cuanto más masa tengan las dos primeras cuestiones, mayor será la inercia de la moneda y más estable será su valor. Para monedas como el euro o el dólar, el peso de estas dos cuestiones es muy grande. La tercera cuestión es algo indeseable bajo cualquier circunstancia. Ahora, ¿Cómo aplica esto al bitcoin?

En lo que a la primera cuestión se refiere, el bitcoin no tiene detrás ninguna economía, ni grande, ni pequeña, ni mediopensionista, de forma que esta cuestión es, hoy por hoy, irrelevante, es decir, de inercia cero. Pudiera ocurrir que en un futuro, mediante un proceso como el descrito más arriba, el bitcoin fuese admitido como un medio de pago en El Corte Inglés, etc., y un día me llegasen a pagar en sueldo en bitcoins, y el euro y el dólar dejasen de existir sustituidos por el bitcoin. Pero eso, hoy por hoy es algo impensable salvo para una novela de ciencia ficción financiera. La masa monetaria de la zona Euro y EEUU, expresada en dólares de casi 30 BILLONES europeos (treinta millones de millones) de $. Hoy, la cantidad de bitcoins alcanza el valor de 170.000 millones de $, es decir, el 0,6% de la masa monetaria de ambas zonas. Por supuesto, hoy en día es perfectamente posible comprarle a un amigo su jersey y pagarle con bitcoins, siempre que ambos tengan un wallet de esta moneda virtual. Pero la cosa cambia si le quiero comprar su coche. Porque si quiero que las multas o el impuesto de tracción mecánica le lleguen a él en vez de a mí, tengo que tener algo que demuestre que el coche ya no es mío, sino suyo y, hoy por hoy no es posible que un contrato que demuestre eso se instrumentalice en bitcoins. Por lo tanto, si le vendo el coche tendré que fiarme de que me vaya a reembolsar multas e impuestos. No digamos si lo que le quiero vender es una casa. Eso entre particulares. No conozco, hoy en día, ninguna empresa que acepte ser pagada en bitcoins. Por supuesto, esto puede cambiar, pero… Además, para que una moneda sirva como medio de pago, debe tener un precio estable. Si una moneda se deprecia continuamente, como es el caso en los países con una inflación desbocada, la gente no quiere de ninguna manera tenerla. Lo que hace, en cuanto la tiene, es gastársela, pues sabe que al día siguiente podrá comprar menos cosas con ella. Lo contrario ocurre con una moneda cuyo valor aumenta rápidamente, como ocurre en los raros momentos en que en algunos países hay deflación y como es el caso del bitcoin. La gente no consume, sino que guarda el dinero, pues sabe que mañana podrá comprar más cosas con él. Por tanto, el bitcoin no podría sustituir a monedas relativamente estables como el euro o el dólar mientras su valor aumente al ritmo al que lo hace. Pero, si dejase de hacerlo, ¿quién querría comprarla? Y, como veremos más adelante, en el mismo momento en el que la gente no quisiera comprar bitcoins, éste se derrumbaría de forma instantánea. Así que inercia cero.

El tercer aspecto es, afortunadamente, hoy por hoy inexistente. Dado que los creadores del bitcoin crearon una regla “inviolable”[2] para la creación de bitcoins, esto lo convierte en un recurso limitado y, por tanto, no sujeto al capricho de ningún Banco Central.

Nos queda, pues, el segundo aspecto, el del bitcoin como divisa de ahorro. Hoy por hoy, hasta donde yo sé, no se pagan intereses sobre los ahorros que se puedan tener en bitcoins. Por tanto, la esperanza de sacar rentabilidad de esos ahorros es que continúe su “imparable” ascenso. Si deja de crecer, se derrumba. Pero, ¿sobre qué base crece el bitcoin? Nadie lo sabe. Mejor dicho, sí se sabe, está bastante claro: sobre la base del espejismo colectivo de que siga subiendo, aunque nadie sepa decir por qué debe hacerlo. Ese espejismo colectivo y un poco histérico atrae cada vez a más gente. Nadie quiere perderse este “imparable” ascenso. Lo dicen los periódicos. Lo saben los taxistas. ¿Cómo se compran bitcoins? ¿Dónde? ¡No quiero perdérmelo! Estas son las cosas que pasan por la cabeza de la gente siempre que se crea una burbuja, sea lo que sea que haya dentro de ella. Claro que puede haber una explicación racional: que, debido a su opacidad, lo que haya dentro de ella sea una demanda causada por la afluencia a esa moneda de dinero procedente de las más sucias y terribles actividades delictivas. Yo prefiero no jugar a ese juego. Ni un euro. No sé a ciencia cierta el grado de opacidad del bitcoin. Pero, como principio, este tipo de divisas virtuales no tienen por que ser opacas. Puede perfectamente haber divisas virtuales totalmente transparentes y, de hecho, las hay. Pero también puede haberlas, sea como sea el bitcoin, absolutamente opacas. Hoy en día en la web subterránea se puede comprar cualquier cosa sin dejar el menor rastro. No hay ninguna razón que obligue a que una divisa virtual sea criptodivisa, pero también es fácil crear divisas virtuales totalmente “cripto”.

Volvamos a las burbujas. Una de las primeras burbujas fue la de los tulipanes en Holanda. En 1620, los holandeses empezaron a perder la cabeza por tener bulbos de tulipán, algo exótico que traían de Turquía. Los precios de los bulbos empezaron a subir más y más. Cuanto más subían, más apetito había de ellos. En 1635, se llegó a cambiar un bulbo por una casa en Amsterdam. Por supuesto, nadie usaba los bulbos de tulipanes para su uso natural, tener flores bonitas. Era un bien que se guardaba a buen recaudo, lejos de las miradas de todos, pero se procuraba que la gente supiese cuantos bulbos tenía uno. Simplemente, se poseían inútilmente como artículo de ostentación. Pero el día 6 de Febrero de 1637 –se recuerda la fecha como una fecha trágica– se impuso el sentido común. ¿Cómo nadie en su sano juicio podía pagar esas barbaridades por algo perfectamente inútil? El precio se desplomó al que nunca debió dejar de tener. El de un bulbo más o menos raro que uno plantaba en su jardín para tener una flor bonita. Ese día fue la ruina para miles de familias y el inicio de una crisis que se cernió sobre Holanda durante decenios. Pero durante diecisiete años hubo gente que se hizo inmensamente rica con los tulipanes… siempre que no los tuviese el día del desplome. Desde entonces, cada cierto tiempo aparecen nuevas burbujas. La de la vivienda es la última hasta ahora. Un factor común de todas las burbujas, desde los tulipanes a las casas, es el hecho de que los elementos que tienen dentro, tulipanes o casas, se pueden comprar con dinero, pero una vez comprados, no se pueden devolver al origen. Cuando el tulipán llegaba de Turquía se podía comprar con dinero, pero lo que no se podía hacer era devolverlo a Turquía. Cuando alguien compra una casa a una constructora, no puede devolverla después. Es decir, se puede entrar al sistema, pero no se puede salir de él. La única manera de deshacerse de los tulipanes o las casas es vendiéndoselos a otros. Tal vez la próxima burbuja sea el bitcoin. Porque se pueden comprar bitcoins recién paridos por el programa informático, pero no se pueden devolver al claustro materno del algoritmo y recuperar el dinero. Hay que vendérselos a otro. Y, naturalmente, para ganar dinero hay que vendérselo más caro. Pero el día que la gente empiece a no tener interés por comprarlos, cundirá el pánico. Todos querrán venderlos, pero nadie querrá comprarlos. Y entonces vendrá el llanto y el crujir de dientes y todo se vendrá abajo.

Una última cosa. Esto de las burbujas, tulipanes, casas o bitcoins, tiene un cierto aspecto de pirámide de Ponzi, pero no son tales. Porque en las pirámides de Ponzi, hay un Ponzi que es el que idea el pufo y el que se forra con ella y se va a algún sitio remoto con el dinero el día antes de que estalle, cosa que él ve venir. Cierto que a algunos, como a Madoff o, más carpetovetónico, a Camacho –alguien se acuerda de Gescartera– les trincan antes de que les dé tiempo a pirarse. Ojalá esto se convierta en la norma, pero... Sin embargo, en estas burbujas no hay ningún inventor que gane. Por supuesto, el que compró 1.000 bitcoins por 10$ en 2009 y los venda, por casualidad, el día antes del colapso –del que, como del doomsday nadie sabe ni el día ni la hora–, se forrará –hoy sacaría 10 millones de $–. Pero no habría timado a nadie. Sin embargo ambas, burbujas y pirámides de Ponzi tienen en común la falsa creencia, anclada en la cabeza de demasiada gente, de que existen modos de forrarse sin trabajo, sin inteligencia y sin riesgo. Y, de ninguna manera es así. El sano capitalismo enseña que para ganar dinero hay que hacer algo útil como trabajar en cosas que merezcan la pena. O ingeniárselas y asumir un riesgo para encontrar y producir cosas que realmente hagan mejor la vida de la gente y que ésta esté dispuesta a pagar por ellas libremente. O poner el dinero, con riesgo, pero inteligentemente analizado, en inversiones que financien empresas útiles ideadas por otros y sacar una rentabilidad acorde con el riesgo. Tanta más cuanta mayor sea la inteligencia en el análisis. El sano capitalismo enseña que no hay comida gratis. Sólo el –perdóneseme el improperio– estúpido afán de lucro irracional –lo opuesto al capitalismo– alimenta las burbujas. Así que, si a alguien le da por comprar bitcoins, que ponga una vela a santa Rita para que su 6 de Febrero no le pille con bitcoins entre las manos. A menos que invierta unas perrillas para divertirse. Pero no más. Y tal vez haya formas mejores de divertirse con esas perrillas que meterlas en bitcoins. Se me ocurre jugar al Palé o al Monopoly para creerse un gran financiero.

El título de estas líneas es “Reflexiones en voz alta sobre el bitcoin y conceptos relacionados”. Hasta aquí, sólo he hablado sólo de la divisa virtual. Pero relacionados con ellas están los conceptos de block chain, mineros monetarios, Ethereum, ICO (Initial Coin Offer), token, etc. Dedicaré alguno de los próximos envíos a estas cosas. Así que: continuará.



[1] Esto de la ida y vuelta es falso cuando un país empieza a recorrer la espiral infernal de la miseria, como lleva haciendo durante años Venezuela. Puede que a muy largo plazo sí sea un mecanismo de ida y vuelta, pero no creo que yo llegue a ver al bolívar como estaba hace veinte años, ni creo que tampoco llegue a ver el peso argentino como estaba en los años 30 del siglo pasado. Si es que cosas como estas dos llegan a ocurrir algún día.
[2] Pongo lo de inviolable entre comillas porque no sé que grado de blindaje tiene el algoritmo con el que se creo el bitcoin y si es o no posible que un día sus creadores o algún hacker lo cambie y altere drásticamente las reglas del juego.

2 de diciembre de 2017

Frases 2-XII-2017

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

¡Oh, Verdad!, presides en todas partes a los que te consultan, y respondes al mismo tiempo a todos, aunque consulten cosas diversas. Claramente respondes tú, pero no todos oyen claramente. Todos consultan lo que quieren, pero no todos oyen lo que quieren. Tu mejor servidor es el que procura no tanto oír de ti lo que quisiera, sino, más bien, creer lo que de ti oiga.

San Agustín, Confesiones.


26 de noviembre de 2017

Un mínimo rayo de esperanza

Sí, creo que hay un rayo de esperanza. ¿Esperanza de qué? De dar un paso importante en la disminución de la pobreza en el mundo. Sostengo con enorme convicción que la causa principal de la pobreza en el mundo es la existencia de tiranías que ahogan la iniciativa, la libertad, la creatividad y el incentivo de una vida mejor, innatos en la naturaleza humana. Efectivamente, en los países en los que hay un tirano, con todo el poder político en sus manos, éste decide quién puede y quién no puede ganar dinero en su país. Y la lista de los que sí pueden es muy corta. Primero el tirano, luego él, después él y mucho después, su clan, sus amigos, y, por último, quien le pague por ello. Y en esa categoría no entran ni de lejos los que viven bajo su yugo. No sólo porque él se apodera de lo que puedan ganar –la codicia de los tiranos no tiene límites y nada les parece poco–, sino también, y sobre todo, porque si sus oprimidos ganan dinero, saben muy bien que el dinero da autonomía y la autonomía es una amenaza contra su omnímodo poder. ¡Y eso sí que no! Pero si la tapadera de la olla a presión se levantase, entonces, de una forma espontánea, la seguridad jurídica, unida a las características de la naturaleza humana a que me he referido antes, harían que el país entrase en ebullición y empezase a generar riqueza. Y con la seguridad jurídica llegaría al país también la inversión extranjera y la creación de riqueza se aceleraría. ¡El capitalismo! Éste es un fenómeno –tanto la miseria de los países tiranizados como la creación de riqueza espontánea en los que se han podido liberar de sus tiranías– que se ha demostrado empíricamente en muchos países. Las dos Coreas pueden ser un ejemplo evidente de ello.


Pues bien, uno de los mayores tiranos de la historia acaba de ser derrocado. Me refiero a Robert Mugabe, de 97 años, Presidente de Zimbabue desde su independencia en 1980, es decir durante 37 años. Ha sido, en estos 37 años un auténtico depredador económico y ha hecho de Zimbabue uno de los países más míseros de la tierra. Y de ahí mi esperanza. Pero, inmediatamente, se me viene encima el jarro de agua fría de mi memoria. Y me acuerdo de lo que pasó en Irak cuando se derrocó a Sadam Husseín o lo que ocurrió con la esperanzadora primavera árabe. Lo que vino después hizo bueno a lo anterior. ¿Ocurrirá lo mismo en Zimbabue? Me temo que hay muchas probabilidades de que así sea. Pero la esperanza es lo último que se pierde. Veremos por dónde sale el sol. Pido a Dios que no ocurra lo de que los que vengan detrás le hagan bueno. Si no ocurre, creo que podremos ver un despegue del desarrollo en Zimbabue y, con ello, la disminución de la pobreza en uno de los países más míseros del mundo. Pero…