15 de septiembre de 2017

Qué pasa, ¿que el mercado no se equivoca nunca?

Estas páginas responden al intento de dar razón de uno de los dos retos planteados en lo que colgué la semana pasada en el escrito “Sobre pesos, muelles, motores y clavos”. En esas páginas decía:

“Concluido lo que quería decir en estas páginas, me quedan dos retos para otras futuras. El primero, profundizar un poco más en el rational de por qué el libre mercado siempre crea más prosperidad que cualquier intento intervencionista y, segundo, profundizar un poco más en dónde puede estar el límite que separa, por un lado, un sano estado que legisle hasta donde hay que legislar y ejerza la coacción para hacer cumplir esas leyes hasta donde sea necesario, creando el necesario marco del rule of law y, por otro lado, el exceso de regulación-legislación-coerción, que genera parálisis en la creación de riqueza”.

Pues bien, en estas líneas voy a intentar responder al primero de estos dos retos.

Empiezo por decir que sí, que el mercado se equivoca mucho, diría que lo hace millones de veces cada día. Pero sus equivocaciones tienen una importantísima ventaja frente a otras: que se rectifican pronto y que quien la hace la paga. Es decir, que el coste de la equivocación recae sobre quien se equivoca. Además, por otra parte, aunque se equivoque al actuar, las decisiones que toma las toma a partir de una en gran información, en gran medida veraz e inmediatamente disponible.

Antes de seguir quiero salir al paso de dos perversas utilizaciones del lenguaje que he usado en el párrafo anterior e, incluso, en el título de estas líneas: 1ª habar del mercado en singular, como si sólo hubiese uno y, 2ª hablar del mercado como si fuese una persona que toma decisiones. Ambas cosas son total y absolutamente falsas.

Hay decenas, cientos, miles de millones de mercados distintos. El mercado de ordenadores personales de entre 10 y 15 cm de diagonal, el de acero al inoxidable al carbono con tratamiento de recocido a 280ºC y enfriamiento en atmósfera de nitrógeno a 50ºC, el de coches de entre 250 y 300 CV con ABS y 4WD, el de granos de café de Colombia cultivado a más de 1600 m de altitud, con granos de entre 7 y 8 mm, el de trajes de seda para mujeres estampados en colores brillantes, el de vacas charolesas criadas con hierba de tréboles, el de profesionales con formación y experiencia en finanzas de entre 5 y 7 años, el de trabajadores sin ninguna cualificación etc., etc., etc. Me considero totalmente incapaz de decir cuántos mercados pueda haber, pero no creo pasarme si digo que muchos millones. Además, cada uno de los mercados que acabo de citar, un poco a lo loco, cabrían ulteriores segmentaciones. La velocidad de dos ordenadores del mismo mercado podría ser distinta, como la cantidad de azufre de dos aceros o el acabado de dos coches, o el contenido en cafeína de dos cafés o el gusto de los estampados y la forma del corte de dos vestidos o el contenido en grasa de dos vacas charolesas o la actitud y capacidad de trabajo de dos profesionales o dos trabajadores. Al final, me atrevo a decir que no hay mercados. Cado tipo de ordenador, cada modelo de coche, cada saco de granos de café, cada vestido de mujer, cada vaca cherolesa, cada profesional o trabajador es único. Si alguien cree que exagero, que acompañe a su mujer, caso de que sea hombre, a comprar el vestido con el que va a ir a la próxima boda. Por supuesto, todos los mercados están intercomunicados entre sí. Una mujer puede renunciar a un traje más bonito si cuesta un 30% más que otro que le gusta menos, pero no lo hará si sólo cuesta un 5% más. Así pues, un número prácticamente ilimitado mercados de uno.

Por otro lado, los mercados no toman decisiones, no fijan ningún precio ni deciden cuanto se va a vender de una u otra cosa. Esas decisiones las toma libremente cada persona. Los mercados, como ocurre en su sentido tradicional, son lugares, físicos o virtuales, en los que la gente que compra y vende, ve distintas opciones, sopesa pros y contras y, tras un proceso más o menos complejo decide libremente qué compra o vende, en que cantidades y a qué precio.

Es evidente que si hay millones de mercados y en cada uno se compran y venden cada año cientos, miles o millones de unidades, según decisiones independientes de millones de productores y compradores, la complejidad se vuelve intratable desde una perspectiva global. Por el lado de las empresas hay muchas por cada mercado, que compiten entre sí por dar a los millones de compradores lo que mejor pueda adaptarse a sus necesidades. Siempre tienen la mitad de su vista, sa imaginación y sa creatividad puesta en él, en qué quiere, qué precio está dispuesto a pagar y qué cosas que necesita o que le gustaría tener no tiene. La otra mitad de vista, imaginación y creatividad la tienen en ver cómo pueden satisfacer a los compradores con el menor consumo de recursos y al menor coste. Sólo sobrevivirán los tomen decisiones, aunando las dos mitades de su percepción, que hagan que sus costes sean menores que sus ingresos. La magia del beneficio. Si su doble visión no consigue esa proeza, perderán dinero y, si se quiere que el sistema funcione, tendrán que cerrar. Si la intervención coercitiva del estado hace que las señales de precios que les permiten tomar decisiones estén sesgadas, las empresas que ganen dinero serán, no las más eficientes, sino las que más y mejor influencia tengan sobre el estado, usando métodos que en nada benefician a los compradores. Pero, además, estos empresarios, que arriesgan su dinero, tienen que competir, si quieren poner una empresa mayor de lo que su riqueza les permite, por atraer el dinero de millones de ahorradores, dándoles la expectativa, a través de un nuevo abanico de mercados, los financieros, de una rentabilidad lo mayor posible para el riesgo que corren. Por supuesto, nadie haría nada de esto sin la expectativa de obtener un beneficio. Pero llamar egoísmo o avaricia a pretender obtener, en libre competencia, la merecida recompensa al uso de su esfuerzo, vista, imaginación y creatividad, es una auténtica miopía.

Por el lado de los compradores, cada uno de nosotros se siente relativamente cómodo en los miles de decisiones que toma cada día respecto a qué comprar, en que cantidades y a qué precio en cada mercado. Porque cada uno de nosotros se enfrenta cada día a un ínfimo subconjunto de esa inmensa tela de araña del que en mayor o menor grado somos expertos. Si yo tuviera que comprarle un vestido a mi mujer, cosa a la que de ninguna manera me atrevería, me equivocaría en un altísimo porcentaje. Si tuviera que comprar vacas charolesas, sería el hazmerreír de los criadores y compradores de estos bovinos. Por supuesto que a veces mi mujer se equivoca en el vestido que compra. Pero no pasa gran cosa (si se lo hubiese comprado yo, las consecuencias serían trágicas para mí). Si un comprador se equivoca una vez, a la siguiente corrige el tiro y, además, aprende una lección a un coste razonable: qué o a quién no comprar nunca más a ese precio. Y, todo esto, lo hacemos desde la libertad y con un nivel razonable, aunque jamás completa de información y experiencia directa.

Es muy probable que algún comprador o vendedor quiera crear restricciones de uno u otro tipo a su favor. Es una función del estado, perfectamente aceptable desde el más puro liberalismo, el evitar esa falta de transparencia o la coacción creada por cualquier agente del mercado. Lo malo es que el estado suele hacer exactamente lo contrario. Por ejemplo, apoyar a determinados agentes para que fijen que salario se debe pagar a los trabajadores de la industria del metal (sea esto lo que sea) o que no se pueda elegir qué trabajadores son eficientes y cuáles no. O cobrar a las empresas una cantidad por cada trabajador o profesional al que paga un sueldo. O decidir el precio debe tener el Kw-h de energía eléctrica. O dar subvenciones para llevar la inversión a determinadas formas de producción de energía que le parecen más adecuadas, aunque su tecnología no esté madura y sea cara, etc., etc., etc. Estas intervenciones se pueden originar en principio por el afán recaudatorio o por cuestiones ideológicas o por interés electoral. Pero siempre tienen varios efectos perversos. El primero es que alteran la información de precios en las que se basan los agentes del mercado para tomar decisiones adecuadas. La segunda que afectan a las cantidades que se producen de una u otra cosa creando escasez de determinadas mercancías o excedentes de otras. La política agraria de la UE o la rigidez de salarios y los impuestos al trabajo crean excedentes de, por ejemplo, mantequilla o, lo que es peor de mano de obra condenada al paro crónico. Esto es, ya de por sí, muy grave. El estado intenta arreglar mediante su intervención un problema que se ve, pero siempre crea otros problemas que no se ven o se producen tan distribuidos a lo largo y ancho de toda la sociedad que llegan a formar parte de ella como algo natural. Así son las cosas. No, las cosas no son así. Son así porque el intervencionismo estatal ha creado un problema crónico del que no es inmediato ver la causa.

Pero esto, siendo muy grave, no es lo peor. Lo peor es que cuando un estado acumula suficiente poder para poder alterar las reglas del mercado favoreciendo a unos y perjudicando a otros muchos de forma velada, acaba en un sistema clientelista en el que los beneficios se dan a los amigos o, peor, se sacan a subasta más o menos velada y se los lleva el mejor postor. Esto, paulatinamente y de forma subrepticia, da lugar a un sistema de connivencias, puertas giratorias y prebendas que acaba en lo que ha dado en llamarse “crony capitalism” o capitalismo de compinches, que es terriblemente empobrecedor y es tan capitalismo como puada serlo el “capitalismo de estado”, nombre que se daba al más puro sistema comunista. Y es este sistema de telaraña de intervencionismos estatales y corruptelas el que, confundido con el capitalismo, le da una mala prensa que no le corresponde al auténtico capitalismo. Pero, ante el descontento ubicuo que produce este falso capitalismo, la medicina que se receta es, en vez de una sana reducción del poder de intervención del estado, más intervención, entrando así en una espiral descendente de consecuencias imprevisibles. Y, en esas estamos en los países desarrollados. Tras haber derrotado en toda la línea al comunismo, del que ya no se debe ni hablar, este enemigo del progreso se cuela por los resquicios del sistema, creando una tupida y pringosa tela de araña que dificulta y ralentiza la creación de prosperidad. Y lo malo es que a este sistema retrógrado intervencionista se le da el nombre de progresismo. ¡Cosas veredes amigo Sancho!

Si al auténtico capitalismo de mercado libre se le dejase actuar libremente, no pasarían estas cosas. Y ello por dos motivos. Primero, porque el error que pueda cometer en mayor de los agentes de un mercado libre, no pasa de perjudicar el funcionamiento de una ínfima parte del sistema total, mientras que los errores o actuaciones clientelistas del estado, se extienden a toda la sociedad. Y, en segundo lugar, porque mientras los errores o actuaciones de mala voluntad del estado no son fáciles de relacionar causalemente con los efectos que producen y, por tanto, no se corrigen –y pasado un cierto límite el propio estado no permite que se corrijan– en el sistema capitalista libre, los errores se detectan inmediatamente y afectan, también de forma inmediata, al bolsillo de quien los comete, por lo que éste se apresura, por la cuenta que le trae, a corregirlos. Y, si no lo hace, desaparece.

Podría pensarse que con el impresionante avance de las tecnologías de datos, la inteligencia artificial (IA) podrá tomar un día esas decisiones que hoy toman libremente los millones de agentes del mercado. Que llegará el momento en que las decisiones de asignación de dónde invertir, que producir, en qué cantidades y a qué precios se tomará de forma óptima por un sistema de IA. Creo que, si eso llegase a ocurrir, estaríamos en las puertas del “mundo feliz” de Aldous Huxley. Por muy óptimo que fuese el sistema en cuanto a la creación de prosperidad, ese mundo en el que se diga a cada ser humano cuánto debe comprar de qué productos, a qué precio y en qué cantidades, sería un mundo sin libertad y, por tanto, tiránico. Pero que ese mundo me guste o no es una cuestión diferente a si será o no posible. Podríamos discutir si algún día el desarrollo de la IA podría ser capaz de tratar en tiempo real toda la ingente cantidad de información. Seguro que habría quien pensase que sí y quien defendiese que no. Sería un diálogo inútil porque no es algo que se pueda cuantificar. Pero, además, sería inútil desde la base. Porque para poder tratar esa ingente cantidad de datos, la primera condición de necesidad es que eso datos existan. Y sólo las personas que interactúan libremente en esos mercados pueden crear esos datos, precisamente, haciendo libremente las transacciones que hacen. Es decir los datos salen de las transacciones que, a su vez dan a cada agente la información que necesita, para que a su vez interactúe, renovando la información y creando otra nueva, que permita a su vez interactuar, generando así… Es decir, afortunadamente, la libertad individual, al menos en lo que a los mercados se refiere, no puede ser suplida por ningún sistema de IA, por muy potente que sea. Sería como discutir si una persona suficientemente fuerte podría autosustentarse en el aire tirando de sus propios pelos. Pregunta absurda en la que no merece la pena pensar ni un segundo. Es decir, nada, ningún sistema, puede sustituir al mercado y hacerlo mejor que él, aunque, claro, comete errores.


Creo que con esto he respondido al primer reto. Queda para un próximo post la respuesta al segundo.

7 de septiembre de 2017

Sobre pesos muelles, motores y clavos

Hace unos meses, creo que fue cuando la victoria de Trump, adjunté en un envío un “modelo” de la economía mundial que hablaba de piscinas colgantes y grifos que echaban agua a las piscinas y de unas piscinas a otras. Seguramente no ganaré el premio Nobel de economía por ese tipo de modelos pero, al menos a mí, que tengo una mente más de imágenes que de fórmulas (dicen que eso pasa cuando se tiene más desarrollado el lado derecho del cerebro. Pues será), me sirven para entender la complejidad de la economía mundial. Hoy, en vez de piscinas y grifos, os voy a hablar de pesos, muelles, motores y clavos.

Yo veo la economía mundial como tres grandes bloques muy pesados. El primer bloque representa al mundo desarrollado (bloque D). El segundo bloque pretende ser el de los países emergentes (Bloque E). Por último, el tercer bloque es el formado por los países anclados en la pobreza (Bloque P). Estos bloques no son rígidos, como si fuesen de hormigón, sino que son de una sustancia elástica y adherente. Es decir, en un determinado momento, un bloque se puede desgarrar en dos o, también, se pueden unir dos formando uno solo. Los tres bloques se mueven en campo abierto, pudiendo evolucionar en cualquier dirección. Ahora bien, parece haber una dirección predominante y según esta dirección el D va delante, luego el E y, por último, el P. Diré que esa dirección es la de la prosperidad. Los tres bloques están unidos unos a otros por muelles. Cada bloque tiene, además, un pequeño motor que impulsa al bloque hacia esa dirección predominante con tanta mayor fuerza cuanto mejor funcione. Los clavos, de momento, no aparecen.

Los muelles son unos chismes que tienen la curiosa propiedad de que cuanto más se estiran, por encima de su longitud natural, más fuerza hacen para encogerse. Por otro lado, si se encogen por debajo de su longitud natural hacen fuerza para estirarse. Dado que D está delante y unido a E y a P, si su motor funciona mejor que los de éstos, tira de éstos hacia delante, tanto más cuanto más delante de ellos esté. Pero, a su vez, por el principio de acción y reacción E y P tiran de D hacia atrás. A no ser que los motores de E o P funcionen mejor que el de D, en cuyo caso, la fuerza se invierte. Si E o P van como un tiro y se acercan a D más de lo que es su distancia natural, en vez de frenarle, le impulsan hacia delante. Y lo mismo que se dice de la unión de D con E y P, se puede decir con la de E y P. Por supuesto, si un peso de detrás choca con uno de delante, se funden en un solo bloque, como si fueran de plastilina. Ahora bien, otra propiedad de los muelles es que si se estiran más de una cierta longitud, se rompen. Tal vez si el que lee estas líneas se hace un dibujito, entienda mejor este rollo, pero hacer este dibujito, que en un papel cuesta dos minutos, en word, es una lata, así que se lo dejo a cada uno.

Vamos a hablar un momento de los motores. Los motores son la capacidad de crear prosperidad de los países que forman los bloques. Y esa capacidad depende de dos cosas. Primera, la libertad de iniciativa, que es como la gasolina de los motores, el combustible que los hace funcionar y, segunda, la seguridad jurídica, que es como el lubricante que evita que el motor se gripe. Por mucha libertad de emprender que haya, si un habitante de un país de un bloque sabe o cree que si gana una cantidad de dinero que llame la atención se lo van a quitar, no hará uso de esa libertad y el motor, que podía funcionar bien porque tenía gasolina, se gripará por falta de lubricante. Y, al contrario, por mucha seguridad jurídica que haya, si para iniciar una actividad empresarial hay que pedir permiso hasta al lucero del alba y éste tiene por costumbre no dar el permiso, o dárselo sólo a unos pocos, creando a dedo monopolios u oligopolios, al motor le faltará gasolina y no funcionará bien, aunque no se gripe. Pero ojo con lo de la libertad. Esa libertad no es solamente para decidir qué hacer en cada momento, sino que es la facultad de cada uno de fijarse metas y objetivos vitales personales que, por supuesto, evolucionan a lo largo de la vida de cada uno. Así, el impulso de cada motor será la resultante de los impulsos libres de cada persona. Y ahora vamos a los clavos. Los países en los que no hay ni libertad de emprender ni seguridad jurídica, están clavados. No tienen gasolina y si por cualquier causa anduviesen un poco, se griparían. Los clavos son, en realidad, motores sin gasolina y gripados. Llamarles clavos es quizá un poco exagerado. Porque los muelles de D y E sí pueden mover ligeramente P, pero a costa de un gran esfuerzo. El bloque P, en vez de ir sobre las ruedas de su motor, se arrastra sobre un papel de lija que ofrece un gran rozamiento y resistencia al avance.

En mi carrera de ingeniero industrial recuerdo haber hecho cientos de ejercicios de este tipo, de pesos, muelles, motores, clavos, etc. Se resolvían con una serie de ecuaciones diferenciales. Sólo había un problema: que las ecuaciones diferenciales, más allá de determinadas situaciones muy sencillas, eran imposibles de resolver. Lástima. Pero lo que sí sabía yo, estudiante de ingeniería, es que si la solución de esas ecuaciones diferenciales existiese, no llevaría a una situación de equilibrio en la que los pesos se moviesen al unísono con un movimiento uniforme relativo entre ellos. No, de ninguna manera. No sería una solución monamente ordenada, en equilibrio. La solución sería la de un movimiento enormemente complejo de avance, acercamiento y alejamiento de los pesos en una danza irregular y un tanto caótica. Pero, aunque no pueda aplicar lo que estudié en mi carrera para encontrar una ecuación que modelice la economía mundial, si que este artilugio de pesos, muelles, motores y clavos sirve para entenderla un poco mejor. Al menos a mí me ayuda.

Puede que alguien se sonría de la ingenuidad de este modelo, pero resulta que el que me parto de risa soy yo con los modelos económicos llamados neoclásicos, que todavía hoy, en el siglo XXI, siguen, incomprensiblemente, formando el mainstream de la ciencia económica. A esta ciencia le gustan los movimientos simples y fácilmente previsibles, como la órbita de un planeta, que permite predecir un eclipse con antelación. De hecho, el modelo neoclásico nace de un intento de emulación de las ecuaciones newtonianas de la gravitación universal. Para eso tienen que reducir al ser humano a una caricatura y convertirlo en algo así como un trozo de piedra. Y así, deciden que el ser humano vive tan sólo de decisiones puntuales, sin que éstas respondan a ningún plan vital que pueda evolucionar y que el único elemento a considerar para cada decisión puntual es la que, conocidos todos los elementos que puedan influir en la misma y actuando con racionalidad, le lleven a maximizar a corto plazo su riqueza medible en unidades monetarias. ¿Se puede aguantar semejante simplificación? Si mi modelo parece ingenuo, éste raya en el ridículo más terrible. Eso sí, un modelo tan simple como absurdo puede tratarse matemáticamente y eso transmite la sensación de seguridad de que todo está bajo control. Pero es una seguridad falsa. Sólo la escuela austríaca de economía tiene la humildad de reconocer que nada está bajo control, que no se conoce la solución de las ecuaciones diferenciales y que, si se deja libertad y seguridad jurídica, del aparente caos surgirá un orden espontáneo creado por las decisiones individuales de la libertad. Y que de este caos aparente surgirá más prosperidad de la que pueda surgir con cualquier sistema aparentemente más “racional”. Esto es, precisamente lo que ha ocurrido en los últimos 250 años.

Hace 250 años todos los países del mundo estaban en el bloque P. Un país de los que hoy forman el bloque D, Inglaterra concretamente, inventó un motor que funcionaba y echaron a andar a toda máquina. Al hacerlo, se separó en un país que hoy llamaríamos E y empezó a tirar de otros países que, si bien al principio sólo avanzaban porque tiraban de ellos, aprendieron a diseñar motores similares a esos primeros y acabaron por unirse a Inglaterra, hasta formar lo que hoy es el bloque D. Pero estos países, al colonizar a otros, les negaron la gasolina y el lubricante de forma abusiva y excluyente. Cierto que esas conductas abusivas y excluyentes ya existían en los países colonizados antes de que llegaran los colonizadores. Cierto que, al menos en cierta medida, en algunos países colonizados, los colonizadores suavizaron las prácticas de los anteriores dominadores autóctonos. Pero de ninguna manera se les pasó por la imaginación replicar en esos países los motores que tan bien funcionaban en los propios. Y cuando, a mediados del siglo XX, los países colonizadores se fueron, los caciques locales, con una mayor experiencia en el mangoneo, volvieron a las andadas y a aplicar el abuso y la exclusión sistemática con mayor refinamiento y dureza que los colonizadores e, incluso, que los métodos que ellos mismos aplicaban en la época precolonial. Esos son los países P, clavados y con pocas esperanzas de que sus tiranos o grupos oligárquicos aflojen su yugo y permitan la gasolina de la libertad de iniciativa y el lubricante de la seguridad jurídica. En algunos de ellos se adoptó, para evitar la tiranía de sus oligarquías abusivas y excluyentes, la ideología marxista. Si al principio estos países creyeron que esto iba a ser el remedio a sus males, pronto se dieron cuenta de que si habían, más o menos, salido de la sartén, había sido para caer directamente al fuego. La tiranía en nombre de un supuesto ideal de igualdad resultó ser peor, aportar menos gasolina y, por supuesto, menos lubricante. Como consecuencia, siguieron más profundamente clavados en la pobreza y con menos esperanzas de salir de ella. Sin embargo, otros países, supieron, tras la colonización, y aún de forma imperfecta, copiar al menos parte de los principios de la termodinámica que hacía posible el funcionamiento de los motores de los países del bloque D. Y empezaron a prosperar. Son los países que hoy día forman el bloque E. Estoy seguro de que cualquiera que lea estas líneas sabrá poner nombres a muchos de los países de estos ejemplos, pero yo no lo haré.

Parece claro que el hecho de que haya países clavados en la pobreza, además de ser algo que repugna a cualquier ser humano, es un factor de enorme riesgo de que los muelles que los unen con los países E y D, se rompan. Y si esto ocurre, todo el sistema colapsaría. Por lo tanto, es de vital importancia para el mundo el que esos países salgan de la pobreza. Sin embargo, para lograr esto de nada sirven las medidas paliativas. Por supuesto que es magnífico que cuando se produce una crisis humanitaria en estos países haya una ayuda que alivie sus síntomas. Pero esto es como dar una aspirina a alguien que tiene un cáncer. Mucho más valor tienen las ONG´s que procuran en esos países ayudar a sus habitantes más pobres a buscar medios para ganarse la vida o para disponer de ciertos recursos naturales imprescindibles. Pero eso, siendo encomiable, tampoco son más que paños calientes. Ni siquiera las microfinanzas, que representan un paso más en esta ayuda y que permiten que los más pobres pongan en marcha muchos pequeños motorcitos, son suficientes si no hay suficiente lubricante o si no hay un entorno ecológico empresarial en el que puedan desarrollarse más allá de un embrión. Sólo la aparición de las condiciones generalizadas de libertad de iniciativa y seguridad jurídica pueden hacer que se inicie un proceso que en poco más de una generación haga que estos países se empiecen a mover con rapidez tras los E y D, ganando incluso terreno a éstos. Esto atraería en primer lugar a la inversión extranjera e, inmediatamente después, haría que brotasen como setas iniciativas privadas locales, tanto para suministrar a esa inversión extranjera un absolutamente necesario soporte local, como para crear nuevos productos y servicios de gran utilidad para la población del país que ninguna empresa extranjera podría detectar ni satisfacer. Pero, ¡ay!, esto es imposible mientras los tiranos extractivos de esos países sigan legislando y aplicando su poder omnímodo exclusivamente en su beneficio. La lista de países clavados en la pobreza, lleva aparejada otra lista con los nombres de esos dictadores. Y como la experiencia indica, es muy poco lo que se puede hacer desde fuera por liberar a esos países de sus tiranos. Y, lo que es peor, generalmente, si se hace algo desde fuera, es para que venga un tirano peor a sustituir al anterior. Así es que mi esperanza a este respecto es reducida, porque el muelle se está tensando y no hay tiempo para que este proceso se realice paulatinamente. ¿Qué hacer? No lo sé.

Pero, volvamos a los países del bloque D. No voy a gastar más de dos o tres líneas en hablar de las economías comunistas que ya han demostrado que la planificación central del conjunto global de la economía no lleva más que al hambre, la miseria y la más espantosa tiranía. Sin embargo, tras ese fracaso, sigue habiendo tendencias a creer que mediante intervenciones puntuales y frecuentes de los estados en la economía, se puede hacer que el sistema funcione más armónicamente que si se le dejase libre. Lo más terrible que puede haber en el mundo es un ignorante que no sabe que lo es. Es más, que se cree que lo sabe todo. Porque este ignorante que se cree sabio, intentará mejorar lo que cree que funciona mal en el sistema. Pero lo hará como el aprendiz de brujo, sin saber de ninguna manera el impacto que tendrán sus decisiones en el funcionamiento del mismo y, generalmente, cuando crea haber resuelto un problema, habrá creado otros nuevos que serán, a buen seguro, más graves que el que se quería resolver y, al final, resultará que tampoco ha resuelto el problema inicial. Pero como el coste de agravar el problema no recaerá sobre él, no escarmentará, porque nadie lo hace en cabeza ajena, y seguirá erre que erre, “mejorando” el sistema. Y, en vez de mejorarlo, creará desequilibrios y disfuncionalidades cada vez mayores que desemboquen en crisis de las que echará la culpa al sistema, pretendiendo aumentar la dosis de la intervención. Y la persistencia en el error puede llevar a la parálisis total del sistema, enredado en una tupida tela de araña que acabará también por griparlo, de una manera distinta, pero por griparlo. Por supuesto, me estoy refiriendo a la socialdemocracia. Me debato entre mi mitad paranoica (o con experiencia de ello) que me dice que la socialdemocracia es una variante estratégica sutil del fracasado sistema comunista, y mi mitad ingenua que me die que es simple ignorancia teñida de buenismo y con aspiraciones de sabiduría, es decir, simple estupidez. Puede que sea las dos cosas y unos tontos útiles con buena voluntad les estén haciendo el caldo gordo a los criptocomunistas que esperan su oportunidad tras la destrucción del sistema que les ha vencido inapelablemente en el terreno económico.

¿Quiere esto decir que nadie debe hacer nada para cuidar el sistema? De ninguna manera. Claro que se debe de cuidar, pero, ¿cómo? ¿Metiendo mano a sus reglas de funcionamiento? ¡Por supuesto que no! Al revés, precisamente creando las condiciones para que el sistema pueda funcionar según sus reglas. Es decir, salvaguardando la libertad y la seguridad jurídica y la igualdad de todos ante la ley, evitando que haya quien tuerza, por la fuerza o subrepticiamente, las reglas de funcionamiento a su favor. Es decir, aplicando lo que en terminología anglosajona se llama “the rule of law”. Alguien puede preguntar: ¿Basta con eso? ¿Puedes demostrar que basta con eso?

Y la respuesta es NO. NO PUEDO DEMOSTRARLO. Puedo, eso sí, mostrar, que en todas las ocasiones en las que ha habido un sistema legal justo, que respete la libertad de los individuos y trate de fomentar la mayor igualdad de oportunidades posible, el sistema ha creado prosperidad para todos. Puedo también mostrar que los países clavados lo están, precisamente, porque no se dan estas circunstancias. Puedo describir un gran número de situaciones en las que intentos de alterar las leyes de funcionamiento del sistema han llevado a que funcione peor y a crear crisis terribles. Es más, puedo advertir de que un intento cada vez mayor para introducir supuestas mejoras parciales, está poniendo en peligro el buen funcionamiento del sistema que permite crear prosperidad. Es todo lo que puedo hacer. Y no es poco. Puede decirse que esto no es más que casuística. Y es cierto. Pero, a fin de cuentas, este es el método científico. Este método acumula observaciones aisladas e intenta ascender a través de ellas a la formulación de leyes, siempre provisionales, pero que explican la realidad mejor que si no se hiciesen estas observaciones. Por supuesto, mientras en las ciencias llamadas “duras” esa explicación puede llegar a tomar forma de ecuaciones, en las ciencias sociales, mal llamadas “blandas”, esas ecuaciones no son posibles, pero, de todas maneras, la observación de la realidad es la única forma de intentar comprenderla mejor.

Pero, además, puedo hacer otra cosa. Mostrar cómo las reglas del sistema basado en la libertad son más acordes con la naturaleza humana. Si hay algo que hace al ser humano distinto de los animales ese algo es la inteligencia, unida la libertad basada en ella y a la voluntad al servicio de las dos primeras. Y esto es lo que está en la base del sistema de libre mercado. La profunda confianza en esos aspectos de la naturaleza humana. El convencimiento de que el ser humano, si se le deja libertad y se le da seguridad jurídica, es capaz de crear prosperidad usando estas tres facultades que le son propias. No caeré en la ingenuidad de pensar como Rouseau que el hombre está libre por naturaleza de cosas que le pueden llevar a hacer el mal. Por eso creo que es imprescindible un sistema de leyes justas que prevengan los aspectos perversos de la naturaleza humana y un poder ejecutivo y judicial que hagan que esas leyes se cumplan. Pero que hagan sólo eso. No que intenten coartar la libertad en nombre de una agenda que pretende crear un modelo de supuesta prosperidad yendo contra la libertad individual. Eso sería clavar a los países en la miseria o, incluso, hacer retornar a ella a los países que están en vías de vencerla. La gran cuestión es: ¿tenemos fe en el ser humano y en su libertad? ¿O creemos que esa libertad debe ser coartada más allá del intento de crear la igualdad de oportunidades para intentar vanamente crear igualdad de resultados? Si creemos lo segundo, seremos más o menos intervencionistas y crearemos serias disfunciones. Si creemos lo primero, confiaremos en las leyes de la libertad basadas en una sana antropología. ¿Camino de miseria y servidumbre o camino de prosperidad y libertad? He ahí la cuestión.

Concluido lo que quería decir en estas páginas, me quedan dos retos para otras futuras.


3 de septiembre de 2017

El caso Charlie Gad

Ha pasado ya algo más de un mes desde que el pasado 24 de julio, el niño Charlie Gad fue desconectado tras una larga lucha médico-judicial de sus padres por darle una oportunidad. Aunque, pasado un mes –y un mes intenso, ¡vive Dios! Parece como si hubiese sido en otra vida–, los acontecimientos ya se han borrado de nuestra efímera memoria colectiva –o precisamente por eso– creo que debo hacer algunas reflexiones al respecto. Además, este mes me ha permitido pensar sobre el tema y recibir y contestar diversas respuestas a varios WA que mandé a finales de Julio sobre el tema. Algunas de ellas eran “teológicas” del tipo de “esas son las consecuencias de un mundo sin Dios” o “el demonio anda suelto”. Creo, efectivamente, que el experimento en el que la cultura occidental se empezó a embarcar hace ya más de tres siglos de vivir sin Dios y elevarnos de criatura a ser supremo está siendo terrible. Por supuesto, como católico, creo en el demonio. No hay más que leer el Evangelio para ver que Jesús hablaba de él en términos muy reales, no en sentido figurado. Pero quiero que mi razonamiento sea eso, un razonamiento, dejando de lado cualquier cuestión teológica para centrarme en la lógica. También a finales de julio tuve un muy fructífero cambio de opiniones con un buen amigo mío que me ha hecho afinar mis razonamientos. Así que, bienvenido sea este lapso de tiempo. Y ahora, al grano.

Empiezo enunciando un principio con el que creo que es muy difícil estar en desacuerdo: “Todo ser humano debe ser defendido de la acción de cualquier otro ser humano o institución que quiera privarle de bienes a los que tenga derecho”. Al que esté en desacuerdo con este principio le recomiendo que deje de leer estas líneas, porque, ¿para qué? Yo creo que este principio es de los pocos, si es que hay otros, que justifica el uso de la coerción por el estado. Por ejemplo, esto permite al estado obligar a los testigos de Jehová a que sus hijos reciban un tratamiento médico que incluya transfusiones de sangre que le permitan el bien de la salud. O que unos padres no lleven a su hijo a un curandero para tratarle un cáncer. U obligar a los padres de un niño a que este reciba la educación que le permita otros bienes futuros que se derivan de ésta. O a que en ningún colegio se enseñe que la Tierra es plana, privando a los alumnos del bien de la verdad. Por poner algunos ejemplos. Es este principio el que debería evitar la práctica del aborto de cualquier tipo y, en particular, la masacre de más del 90% de los niños –el 100% en la civilizada Finlandia– a los que se les diagnostica una trisomía 21, alias síndrome de Down, antes de nacer. Pero no, para esto, incomprensiblemente, en nuestra culta e hipersensible civilización no se admite este principio. Alguien debería explicar racionalmente el por qué. Yo todavía no he escuchado una explicación mínimamente racional.

Pero volvamos al caso Charlie Gad. En este caso, no sólo no se ha aplicado este principio, sino que se ha aplicado al revés. Me explico: se ha impedido por parte del estado y sus burócratas, médicos[1] y jueces, que los padres de Charlie luchen por un bien para su hijo: una probabilidad de supervivencia o, al menos de alargamiento de la vida. Porque resulta que los médicos del Great Ormond Street Hospital, reconocieron, desde el principio su total impotencia para evitar la muerte de Charlie. Siempre han reconocido que no podían hacer NADA, ABSOLUTAMENTE NADA. Pero se han comportado como el perro del hortelano que glosó Lope de Vega: ni comieron ni dejaron comer. Merece la pena echar un vistazo a la cronología del caso: Charlie nació en Agosto de 2016. Era un niño absolutamente normal. Hacia el mes de octubre, se empezó a manifestar la enfermedad.  Diligentemente, sus padres le ingresan en el Ormond Hospital. Inmediatamente se establece el diagnóstico y se declara la absoluta incapacidad de ningún tratamiento convencional para curar o frenar la enfermedad. En Enero del 17, los padres han establecido contacto con el eminente neurólogo Michio Hirano, profesor en la Universidad de Columbia de Nueva York, especializado en enfermedades mitocondriales como la de Charlie, que manifestó estar seguro de poder, al menos, mejorar su función cognitiva, sin saber hasta dónde. En ese mismo instante, la única postura acorde con el principio establecido más arriba hubiese sido dar la autorización inmediata a los Gad para que sacasen a su hijo del GOSH y fuesen a EEUU lo antes posible, para no perder un tiempo precioso, a poner a su hijo en ese tratamiento. A tal efecto, los Gad obtuvieron, mediante un proceso de fund rising, el millón y medio de dólares que costaba el traslado y el tratamiento. Pero no, los médicos del Ormond, revistiendo su impotencia de soberbia, se negaron y pusieron la cuestión en manos de un juez. Es decir, ni curaban ni dejaban curar. Y este inicuo comportamiento se basa en algunos argumentos claramente falaces.

El primero era que el tratamiento experimental que ofrecía aplicar a Charlie el doctor Hirano no ofrecía garantías. ¡Claro que no ofrecía garantías! Y menos después de que hubiesen pasado seis meses desde la primera vez que lo pidieron, hasta que le desconectaron. Pero es que ellos, los médicos del Ormond, sí ofrecían garantías: ¡garantías de muerte! Ningún tratamiento experimental ofrece garantías, pero la ciencia médica sana hoy más y mejor que hace 50 años y, dentro de 50 años sanará todavía más y mejor que hoy, gracias a tratamientos experimentales. Por supuesto, si un chamán ofrece un tratamiento experimental, ni da ni puede dar más probabilidades de algún tipo de éxito superior al 0%. Pero no es el caso. Michio Hirano es un doctor en medicina de prestigio internacional y con él colaboran otros más: dos italianos, un británico de Cambridge y dos españoles del hospital Vall d’Hebron, Ramón Martí y Yolanda Cámara. Es decir, cualquier porcentaje de probabilidad de sanación o alargamiento de la vida o mejora de su calidad de Charlie era mayor que la ofrecida por la impotencia soberbia que ofrecían los médicos del Ormond. Y era un tratamiento científico, no chamánico.

El segundo argumento era el de ahorrarle sufrimientos a Charlie. El sufrimiento es, desde luego, un mal. Nadie está obligado moralmente a seguir un tratamiento que conlleve sufrimientos excesivos sin esperanza de éxito. Pero no estar obligado a seguirlo no es lo mismo que no tener derecho a seguirlo. El derecho de seguirlo o no asiste al paciente y, en su defecto, a los padres, hijos u otros familiares por encima de los médicos, jueces u otros burócratas del estado, salvo que los padres presenten síntomas evidentes de vesania, cosa que era obvio que no concurría en el matrimonio Gad. Porque, ¿a quién le importa más, tanto la sanación como el sufrimiento de Charlie? Sin duda alguna a sus padres. Y, por lo tanto, son éstos los que pueden decir cuando creen que el tratamiento debe cesar para no caer en el encarnizamiento terapéutico al que nadie está obligado. Pero, además, ¿dónde dice que el tratamiento experimental conlleve especiales sufrimientos? Me temo que el asunto sigue otros derroteros distintos del sufrimiento. En esta sociedad buenista en la que vivimos se han definido ciertos modos de vida que son “dignos” y otros que son “indignos”. Si uno no puede vivir de acuerdo con uno de los patrones “dignos”, su vida es clasificada como indigna y, por tanto, al menos en ciertos estadios de la vida, no existe el derecho a ella. Si el tratamiento experimental, aún sin sanar a Charlie, le hubiese podido dar, digamos, tres o cuatro meses adicionales de vida en unas condiciones en las que tan solo pudiera sentir el cariño de sus padres, ¿sería eso una vida digna? ¿Merecería ser vivida? Los padres opinaban que sí. Pero los padres, pobres seres  cegados por el amor, no son “expertos”. De hecho, ellos, los padres, que se pasaban horas y horas con Charlie, cosa que, por supuesto no hacían los “expertos” médicos del Ormond, afirmaban que su hijo no daba ni una sola muestra de sufrimiento y que sí las daba, en cambio, de sentirles a su lado. Pero, claro, esas son cosas subjetivas de padres, que no tienen ni idea. No como los médicos, que conocen perfectamente, porque lo han visto en los análisis y los escáneres, las sensaciones cinestésicas del cuerpo de Charlie. Peligrosísimo camino esto de que algún “experto” de cualquier tipo pueda decir quien tiene o no tiene un determinado estándar de calidad de vida que haga que esta sea “digna” o no y merezca ser vivida o no. Dios nos libre de la “expertocracia” en todo, pero más aún en lo que se refiere a qué vidas son dignas y cuales no. Es el primer paso al “new brave world” el “mundo feliz” de Huxley. Es, sin duda, más digno vivir luchando por la vida que esperar, como un borrego destinado al matadero, una promesa de muerte dada por unos médicos tan soberbios como impotentes. Esto me recuerda unos versos de Miguel Hernández. “Los bueyes mueren vestidos / de humildad y olor de cuadra; / Las águilas, los leones / y los toros, de arrogancia, / y detrás de ellos el cielo / ni se enturbia ni se acaba. / La agonía de los bueyes tiene pequeña la cara, / la del animal valiente, / toda la creación agranda”. Pero la sociedad buenista actual parece preferir la muerte de los bueyes. Todo, menos dejar luchar a la familia Gad por la “indigna” vida de su hijo.

Si hubiesen podido, los jueces, en esto no creo que entrasen los médicos, pero vaya usted a saber, hubiesen argumentado sobre el coste público del tratamiento. Pero no hubo lugar, porque en su valiente lucha, los Gad hicieron, como se ha dicho, una campaña de fund rising en la que obtuvieron apoyo popular por 1,5 millones de $ que cubrían el traslado y el tratamiento.

En el fondo, de lo que se trata es del triunfo de la sagrada mediocridad. De que papá estado tenga la última “bondadosa” palabra sobre cada uno de nuestros actos. Hobbes nos avisó del peligro del Leviatán. Locke y Montesquieu idearon la separación de poderes para sujetarle. Ese fue el germen de la democracia. Pero la democracia no es algo sagrado en sí mismo, sino un instrumento para garantizar la libertad individual sobre la coacción del estado. Cierto que hay algunos poquísimos principios, como el enunciado al comienzo de este escrito, en que la coacción del estado es la garantía de esa libertad individual, pero es de vital importancia saber cuáles son estos principios y limitarse a ellos. Sin embargo, parece que la democracia se encamina hacia la tiranía de una mayoría que pretende imponer una áurea mediocridad y un igualitarismo a la baja apoyándose en el supuestamente bondadoso papá estado. ¡Cuidado! Al final, cuando caigan las máscaras, volverá a aparecer, otra vez, por otro camino, el Leviatán de Hobbes. El mismo, no otro. Y cuando olamos su fétido aliento, ya será tarde.

No pongo en duda ni por un momento la buena fe de los doctores del Ormond ni del propio hospital. Pero esa buena fe hace la situación más grave, no más leve. Si estos médicos hubiesen actuado de mala fe, ellos serían los villanos culpables. Pero el hecho de que hagan esto de buena fe es un grave síntoma de hasta donde la mentalidad actual está infectada de estatalismo buenista. Por eso, el caso Charlie Gad es, además de una encomiable lucha por una vida, una lucha contra esa nueva tiranía, lo sepan o no los padres de Charlie. Una tiranía mucho más peligrosa que las que ha conocido la historia. Porque éstas despertaban ansias de libertad y, todas, acabaron o acabarán por caer. Pero esta es un yugo autoimpuesto y deseado por esa mayoría mansamente tiránica quimérico engendro de bueyes y del perro del hortelano. De momento, este round lo ha ganado Leviatán. Porque los padres de Charlie tuvieron que resignarse a ver morir a su hijo como un buey y a ninguno de los médicos del Ormond ni a los jueces burócratas les caerá ni siquiera una reprimenda. Al contrario, serán puestos como ejemplo de probos funcionarios al servicio de papá estado benefactor.

Concluyo con Miguel Hernández: “¿Quién habló de echar un yugo / sobre el cuello de esta raza?”. Desgraciadamente, la propia raza humana. ¡Vivan las caenas! Pero yo, mientras pueda, con la insignificante difusión que pueda tener, me pondré del lado de la libertad y la defenderé contra Leviatán, por muy disfrazado que esté, con el escaso poder de mi palabra.



[1] Tengo un inmenso respeto por los médicos. Su labor salva infinidad de vidas y eso debe ser reconocido y agradecido por todos. Por supuesto ese respeto se extiende a su función cuando actúan como prescriptores sobre si un tratamiento es puro curanderismo y debe ser proscrito, como se ha dicho antes. Pero cuando se extralimitan en esta función, como creo que mostraré más adelante que han hecho en este caso, entonces no hago extensivo mi respeto.

23 de julio de 2017

Sobre Martín Lutero

Este años se cumple el 5º Centenario del supuesto clavado, por parte de Lutero, en las puertas de la iglesia de Wittemberg, de de las 95 tesis contra Roma. Ante los fastos que se están preparando en Alemania para conmemorarlo, creo que es imprescindible la lectura de artículo de María Elvira Roca Barea, aparecido en el diario El País este 23 de Julio. A continuación hay un link para llegar a él.



22 de julio de 2017

Equivocarse con Pedro

El pasado 18 de Julio se cumplieron 147 años de la declaración del dogma, en el concilio Vaticano I, de la infalibilidad del Papa cuando éste habla ex-cátedra, cosa que sólo puede hacer cuando se refiere a cuestiones de dogma y de moral. Este dogma de la infalibilidad papal produjo no pocos escándalos en la Iglesia de la época. Sin embargo, sólo vino a clarificar algo que, de una manera no muy delimitada, se creía desde los albores de la Iglesia. Hay muchos y cumplidos ejemplos de esta creencia previa a la declaración del dogma, pero no me detendré en ellos. Traigo esto a colación porque en los últimos días y de una forma recurrente me han llegado rebrotes de una cuestión que arranca de los dos sínodos sobre la familia que tuvieron lugar en 2014 y 2015 y de la exhortación postsinodal “Amoris Laetitia” del Papa Francisco. Mucha gente se ha rasgado las vestiduras porque, afirman, que en estos documentos se pone en cuestión nada menos que la indisolubilidad del matrimonio y la obligatoriedad de estar en gracia de Dios para recibir el sacramento de la Eucaristía, así como otras cuestiones referentes al sacramento del perdón. Ciertamente, Francisco no ha hablado ex-cátedra, y es altísimamente improbable que lo haga. Por tanto cualquier cosa que pueda decir, incluso en cuestiones de dogma y de moral, no será de obligada aceptación. Aun así, cuando un Papa, aún sin hablar ex-cátedra se ciñe a temas de dogma y moral, merece, salvo que contradiga doctrinas anteriormente sancionadas dogmáticamente, merece el máximo respeto y acatamiento. Y parece que este respeto no se está produciendo por parte de miembros de la jerarquía y de católicos de a pie.

Efectivamente, un grupo de cuatro cardenales le han pedido al Papa, de forma un tanto conminatoria, que aclare unos puntos de la “Amoris laetitia” que, a su juicio, pueden ir contra la indisolubilidad del matrimonio o en el sentido de abrir el camino a los separados o divorciados que hayan contraído una nueva unión, para acercarse a los sacramentos de la Reconciliación o la Eucaristía. Por supuesto, esta petición de aclaraciones no supone ninguna falta de respeto. Pero tal vez la forma de pedirlas y, seguro, la forma de difundirlas, sí lo son. También hay un gran malestar, entre círculos eclesiásticos, que, no obstante se ha contagiado a muchos católicos, acerca del cese más o menos fulminante de determinados obispos y/o cardenales, en favor de otros que podrían ser más afines al pensamiento de Francisco. Ni afirmo ni niego que pueda haber alguna relación entre ambas cuestiones. Sobre esta yesca, recientemente, ha saltado la chispa de una carta que el Papa emérito, Benedicto XVI ha mandado para ser leída en el funeral del cardenal Meismer, amigo suyo y uno de los cardenales que pedía a Francisco aclaraciones y que ha muerto recientemente.

En esta carta de Benedicto XVI, vaticanistas “expertos” han creído leer entre líneas una llamada de atención del Papa emérito a Francisco. Yo he leído lo que estos sabios “expertos” me han dejado leer de esa carta. El párrafo “incendiario” de la carta de Benedicto es uno que dice que “el Señor no abandona a su Iglesia, ni siquiera cuando la barca está a punto de volcarse”. Por supuesto, yo carezco de la perspicacia y la “romanitá” de la que hacen gala estos vaticanistas. Los “expertos” en leer entre líneas son a menudo tan sutiles que uno, en su simpleza, se pregunta si no estarán buscando tres pies al gato. Claro que alguien que no se los buscase, probablemente no gozaría de la fama de “experto” vaticanista de la que éstos gozan. Pero a mí se me antoja que un experto en historia de la Iglesia, como es Benedicto XVI, conoce muchísimos momentos históricos en los que la barca de Pedro ha estado haciendo agua de forma infinitamente más peligrosa que ahora. Me cuesta pensar que Benedicto XVI, que además es de una prudencia exquisita y lleva su papel de Papa emérito con una discreción admirable, se refiera en esa frase al inminente hundimiento de la Iglesia. Pero, claro, yo no soy más que un pardillo frente a gente tan avispada. Seguramente si dijese esto en su presencia me mirarían con la condescendencia con la que se mira a un niño ingenuo.

Pero, vamos al meollo. He leído dos veces, con detenimiento, la exhortación “Amoris Laetitia” y, con anterioridad, leí con lupa las dos “relatios” de los dos sínodos de la familia. En ninguno de los tres textos, la exhortación postsinodal y las dos relatios, he encontrado nada que permita hacer pensar que hay algo en contra de la indisolubilidad del matrimonio[1]. Tengo amigos que se han sentido enormemente incómodos y hasta indignados con este documento. Precisamente por esto les he pedido por favor –de verdad, no retóricamente– que me indicasen algún pasaje o expresión que les hiciese pensar que sí había una duda sobre la indisolubilidad del matrimonio en el texto. Ninguno me ha respondido con una cita concreta ni con un razonamiento basado en el texto. Yo, en cambio, sí puedo citar párrafos del mismo en los que explícitamente se expresa sin lugar a dudas la indisolubilidad del vínculo matrimonial[2]. Pero –y otra vez lo digo con absoluta sinceridad– estaría perfectamente dispuesto a reconocer mi error, con la alegría que produce el descubrimiento de la verdad, aunque con la tristeza de ver que un Papa va en contra de un clarísimo pasaje evangélico, ante cualquier cita del documento o razonamiento sobre él que demostrase que estoy equivocado.

Un asunto mucho más sutil el del acceso a los sacramentos de los divorciados o separados que viven en una segunda unión. Por supuesto, tampoco hay en ninguno de los tres textos ninguna mención a que esto sea algo permitido con carácter general. Si lo hubiera, sería algo verdaderamente preocupante, porque los Evangelios son, como se ha visto, clarísimos a este respecto. El que deja a su mujer o su marido y se casa con otra u otro, comete adulterio. Y el adulterio es una falta grave según la doctrina de la Iglesia sólidamente establecida y según otra doctrina no menos sólida, no se puede acudir al sacramento de la reconciliación sin propósito de la enmienda ni se puede acceder a la Eucaristía en pecado mortal[3]. Pero, insisto, no hay en ninguno de los tres documentos nada que suponga un permiso generalizado para acudir a estos sacramentos por parte de las personas que están en esa situación. Hay sin embargo, esbozada de una manera muy sutil una cuestión que posiblemente haya levantado ampollas en muchos cristianos y pastores de la Iglesia. Habla de casos particulares en los que debe haber un acompañamiento especial y un profundo discernimiento por parte de los obispos, sin explicitar de ninguna manera que en esos casos particulares se pueda acceder a los sacramentos antes citados, aunque sin tampoco cerrar esa puerta explícitamente. Pero, a ciertas sensibilidades este lenguaje les desagrada. Querrían un NO tajante y generalizado en vez de algo que juzgan como ambigüedad y una apertura de una rendija en una puerta que tal vez, temen, en un futuro se pueda abrir del todo. Lo que hay detrás de esta ambigüedad es, sin embargo, y a mi entender, algo que creo que sí debe plantearse.

De pequeño, me aprendí en el colegio el catecismo de memoria. Algo de ese aprendizaje ha quedado en ella hasta hoy. Decía el catecismo de entonces –y lo dice el actual Catecismo de la Iglesia Católica– que para que haya pecado mortal tienen que darse tres condiciones. No una, ni dos, no, tres. 1ª que la falta sea en materia grave. 2ª que haya plena advertencia y, 3ª, que haya perfecto consentimiento. No me atrevería yo a hacer una interpretación personal de los límites de estas tres condiciones. Por eso cedo la palabra al Catecismo de la Iglesia Católica que cito textualmente permitiéndome únicamente poner en negrita algunas frases.

1735 “La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales”.

1858  “La materia grave es precisada por los Diez mandamientos según la respuesta de Jesús al joven rico: “No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes testimonio falso, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre” (Mc 10, 19). La gravedad de los pecados es mayor o menor: un asesinato es más grave que un robo. La cualidad de las personas lesionadas cuenta también: la violencia ejercida contra los padres es más grave que la ejercida contra un extraño”.

1859. “El pecado mortal requiere plena conciencia y entero consentimiento. Presupone el conocimiento del carácter pecaminoso del acto, de su oposición a la Ley de Dios. Implica también un consentimiento suficientemente deliberado para ser una elección personal. La ignorancia afectada y el endurecimiento del corazón (cf Mc 3, 5-6; Lc 16, 19-31) no disminuyen, sino aumentan, el carácter voluntario del pecado. 1860. La ignorancia involuntaria puede disminuir, y aún excusar, la imputabilidad de una falta grave, pero se supone que nadie ignora los principios de la ley moral que están inscritos en la conciencia de todo hombre. Los impulsos de la sensibilidad, las pasiones pueden igualmente reducir el carácter voluntario y libre de la falta, lo mismo que las presiones exteriores o los trastornos patológicos. El pecado más grave es el que se comete por malicia, por elección deliberada del mal”.

A la vista de lo anterior, ¿puede haber casos en los que para una persona divorciada o separada que vive en una nueva unión concurran circunstancias que hagan que no se dé la tercera de las condiciones? No me cabe duda que puede haberlos. Y, si los hay, esta persona no está en pecado mortal. Y si no lo está, puede acceder a los sacramentos. ¿Merecen estos casos particulares ser discernidos por los pastores de la Iglesia y, en su caso, dar un permiso especial? Me caben pocas dudas de que lo merecen.

En su momento, al acabar el segundo sínodo de la familia, en octubre de 2015, me expresé diciendo que creía que el Papa debería ser explícito en este asunto. Ahora no estoy convencido. Creo que es un tema muy espinoso, en el que hay muchas sensibilidades que hay que cuidar y respetar con delicadeza y que, por tanto, el Papa hace bien en dejar el asunto en maceración. Entre las virtudes de este Papa, la de la prudencia probablemente no esté entre las que posee en mayor grado. Sin embargo, en este caso, sí está actuando con una gran prudencia. No así los cardenales que le urgen a que responda, a que lo haga  YA y a que lo haga con monosílabos, sí o no, como si de un referendum se tratara. Menos correcta aún me parece la postura de los cardenales de, partiendo del silencio del Papa, filtrar sus preguntas a la palestra pública a través de un conocido vaticanista. La postura prudente y humilde hubiese sido aceptar ese silencio, comprendiendo que el Papa puede tener razones para no responderles en el plazo o la forma en que ellos exigen. La carta de los cardenales en la que se hace públicas estas preguntas empieza con un planteamiento que no sería descabellado calificar como “excusatio non petita…”. Además, en esta carta, mientras las dudas se expresan largamente, parece que se pide al Papa que conteste con un monosílabo a cada duda.

Para no quedarme a mitad de camino, no tengo más remedio que decir cuáles son estas cinco dudas planteadas por estos cuatro cardenales. A mi juicio, las cuatro primeras están contestadas con los párrafos del Catecismo de la Iglesia Católica que he citado más arriba. Me produce un asombro y una extrañeza adicionales que lo que para mí, mente simple, queda aclarado con una simple visita a ese Catecismo, para miembros de la alta jerarquía de la Iglesia requiera una aclaración conminatoria del Papa. Máxime cuando no se ha promulgado ni una sola norma canónica que cambie lo que era válido hasta ahora y, por supuesto, sigue siéndolo.

No copio las largas consideraciones de los cardenales en el planteamiento de sus dudas. Me limito a citar los párrafos de la “Amoris laetitia” que despiertan esas dudas. Que cada uno vea si, con un simple ejercicio de lectura, se pueden o no explicar esos párrafos dudosos a la luz del catecismo.

Duda 1 Nota a pie de página 351 del párrafo 305 de la exhortación. (cito el párrafo sólo parcialmente e íntegra la nota al pie)
A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia [351] [En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos. Por eso, «a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor»: Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44: AAS 105 (2013), 1038. Igualmente destaco que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles» ( ibíd, 47: 1039).]

 Duda 2. Párrafo 304 que cito entero.
304. Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano. Ruego encarecidamente que recordemos siempre algo que enseña santo Tomás de Aquino, y que aprendamos a incorporarlo en el discernimiento pastoral: «Aunque en los principios generales haya necesidad, cuanto más se afrontan las cosas particulares, tanta más indeterminación hay [...] En el ámbito de la acción, la verdad o la rectitud práctica no son lo mismo en todas las aplicaciones particulares, sino solamente en los principios generales; y en aquellos para los cuales la rectitud es idéntica en las propias acciones, esta no es igualmente conocida por todos [...] Cuanto más se desciende a lo particular, tanto más aumenta la indeterminación»[347]. Es verdad que las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares. Al mismo tiempo, hay que decir que, precisamente por esa razón, aquello que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma. Ello no sólo daría lugar a una casuística insoportable, sino que pondría en riesgo los valores que se deben preservar con especial cuidado[348].

Duda 3 Párrafo 301, que cito íntegro
301. Para entender de manera adecuada por qué es posible y necesario un discernimiento especial en algunas situaciones llamadas «irregulares», hay una cuestión que debe ser tenida en cuenta siempre, de manera que nunca se piense que se pretenden disminuir las exigencias del Evangelio. La Iglesia posee una sólida reflexión acerca de los condicionamientos y circunstancias atenuantes. Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante. Los límites no tienen que ver solamente con un eventual desconocimiento de la norma. Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma»[339] o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa. Como bien expresaron los Padres sinodales, «puede haber factores que limitan la capacidad de decisión»[340]. Ya santo Tomás de Aquino reconocía que alguien puede tener la gracia y la caridad, pero no poder ejercitar bien alguna de las virtudes[341], de manera que aunque posea todas las virtudes morales infusas, no manifiesta con claridad la existencia de alguna de ellas, porque el obrar exterior de esa virtud está dificultado: «Se dice que algunos santos no tienen algunas virtudes, en cuanto experimentan dificultad en sus actos, aunque tengan los hábitos de todas las virtudes»[342]

Duda 4
Otra vez sobre otro aspecto del párrafo 304 citado anteriormente

Duda 5 Párrafo 303
303. A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio. Ciertamente, que hay que alentar la maduración de una conciencia iluminada, formada y acompañada por el discernimiento responsable y serio del pastor, y proponer una confianza cada vez mayor en la gracia. Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo. De todos modos, recordemos que este discernimiento es dinámico y debe permanecer siempre abierto a nuevas etapas de crecimiento y a nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena.

Debo reconocer que este párrafo de la exhortación me parece bastante confuso, y no creo que pueda ser respondido con las citas anteriores del Catecismo de la Iglesia Católica. Pero, en modo alguno veo en este párrafo, hasta donde alcanzo, nada que vaya en contra de ninguna doctrina sólidamente establecida en la Iglesia.

Por todo lo anterior, no puedo comprender que se hagan sonar los tambres de guerra y que haya quien inflama las redes sociales con estas cosas. Ya tenemos bastante con los sedevacantistas que opinan que la sede de Pedro está vacante desde el concilio Vaticano II porque todos los Papas posteriores a él, Juan XXIII incluido, son herejes. Probablemente vivimos uno de los mejores periodos de la historia del Papado. Cada Papa tiene su estilo que puede gustar más o menos, pero me atrevo a decir que nunca ha habido en la historia del Papado un siglo largo como ha sido el XX y lo que llevamos del XXI en el que se hayan sucedido tantos Papas tan estupendos. En la historia de la Iglesia ha habido Papas espantosamente lamentables. Sin embargo, ninguno ha tenido la osadía de intentar torcer los principios morales sólidamente establecidos en la Iglesia para satisfacer sus vicios personales. Y no creo que vaya a ser este Papa el que lo haga. Por tanto, en estos temas, que son de dogma y de moral, y aunque el Papa no se pronuncie ex-cátedra yo estoy, hasta ahora y previsiblemente estaré, con él. Si me equivoco, me equivoco con Pedro. Pero no alentaré ni daré pábulo a lamentables rebrotes sedevacantistas ni críticas que no siempre parten de la mejor voluntad.

Una aclaración que considero importante

Por si alguno piensa que son un Papapelota, quiero dejar claro, y no es la primera vez que lo hago, que tengo muy serias diferencias con este Papa en lo que a cuestiones de economía política se refiere. Pero creo que me lo puedo, y me lo debo, permitir porque estos temas no entran en la esfera en la que el Papa es una autoridad y, con todo el respeto, creo que mi formación y conocimientos son muy superiores a los suyos. Además, también creo que su conocimiento de la realidad política económica del mundo está fuertemente sesgada por haber crecido en una región y un país en concreto, donde los populismos y dictaduras de izquierdas y de derechas han hecho que conozca sólo una caricatura de la economía de libre mercado y la democracia. Determinadas ideas económicas y políticas expresadas en su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” me parecen gravemente equivocadas y creo que en su encíclica “Laudato si”  yerra lamentablemente el tiro. Y creo que son cuestiones vitales, porque si es cierto, por supuesto, que no sólo de pan vive el hombre, no lo es menos que si no se libera de la miseria, poco más se puede hacer. Y, estoy firmemente convencido de que el único sistema que puede sacar al mundo, A TODO EL MUNDO, de la miseria, es la economía de libre mercado y que cualquier otro sistema perpetúa esta miseria y la puede extender a países que parece que están poco a poco saliendo de ella o, incluso, hacer que vuelva a naciones de la que está prácticamente erradicada. Varias veces he escrito al Papa acerca de esto con anterioridad, desde el más cuidado y comedido estilo de respeto, explicándole mi punto de vista y pidiéndole, sin ninguna esperanza y con todo el entendimiento del mundo, una entrevista para cambiar impresiones sobre este tema. Pero cuando se trata de dogma y moral, su autoridad me supera infinitamente, y no seré yo quien colabore a su acoso.

Conclusión

En muchas de sus alocuciones en viejes, Francisco suele terminar con una frase en la que nos exhorta a que recemos por él y que hagamos que otros hagan lo mismo. Pues bien, yo, obedeciendo a esta exhortación, rezo por Francisco, para que el Espíritu Santo guíe sus caminos y os pido a todos vosotros que hagáis lo mismo.



[1] El evangelio es clarísimo, por boca de una sentencia directa de Jesús, en lo que a la indisolubilidad del matrimonio se refiere: “¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y hembra y, y que dijo: ‘Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos uno sólo’? De manera que ya no son dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre […] Ahora yo os digo: ‘El que se separa de su mujer, excepto en caso de unión ilegítima, y se casa con otra, comete adulterio’” (Mateo 19, 1-9). Quien crea en el Evangelio, poco puede puntualizar a esto.
[2] Nº 123 “Después del amor que nos une a Dios, el amor conyugal es la «máxima amistad»[122]. Es una unión que tiene todas las características de una buena amistad: búsqueda del bien del otro, reciprocidad, intimidad, ternura, estabilidad, y una semejanza entre los amigos que se va construyendo con la vida compartida. Pero el matrimonio agrega a todo ello una exclusividad indisoluble, que se expresa en el proyecto estable de compartir y construir juntos toda la existencia. Seamos sinceros y reconozcamos las señales de la realidad: quien está enamorado no se plantea que esa relación pueda ser sólo por un tiempo; quien vive intensamente la alegría de casarse no está pensando en algo pasajero; quienes acompañan la celebración de una unión llena de amor, aunque frágil, esperan que pueda perdurar en el tiempo; los hijos no sólo quieren que sus padres se amen, sino también que sean fieles y sigan siempre juntos. Estos y otros signos muestran que en la naturaleza misma del amor conyugal está la apertura a lo definitivo. La unión que cristaliza en la promesa matrimonial para siempre, es más que una formalidad social o una tradición, porque arraiga en las inclinaciones espontáneas de la persona humana. Y, para los creyentes, es una alianza ante Dios que reclama fidelidad: «El Señor es testigo entre tú y la esposa de tu juventud, a la que tú traicionaste, siendo que era tu compañera, la mujer de tu alianza [...] No traiciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el repudio» (Ml 2,14.15-16)”.
Nº 124 “[…] Que ese amor pueda atravesar todas las pruebas y mantenerse fiel en contra de todo, supone el don de la gracia que lo fortalece y lo eleva. Como decía san Roberto Belarmino: «El hecho de que uno solo se una con una sola en un lazo indisoluble, de modo que no puedan separarse, cualesquiera sean las dificultades, y aun cuando se haya perdido la esperanza de la prole, esto no puede ocurrir sin un gran misterio»”.
Nº 178 “Muchas parejas de esposos no pueden tener hijos. Sabemos lo mucho que se sufre por ello. Por otro lado, sabemos también que «el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación [...] Por ello, aunque la prole, tan deseada, muchas veces falte, el matrimonio, como amistad y comunión de la vida toda, sigue existiendo y conserva su valor e indisolubilidad»[199]. Además, «la maternidad no es una realidad exclusivamente biológica, sino que se expresa de diversas maneras»”
[3] “Por eso, quien coma o beba el cáliz del Señor indignamente, se hace culpable de profanar el cuerpo y la sangre del Señor. Examínese pues cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber el cáliz, porque quien come y bebe el cuerpo sin discernir, come y bebe su propio castigo”. (1 Corintios 11,27-29)